NO HAY TIEMPO PARA EL KARMA
Cómo abandonar la rueda del dolor y del esfuerzo
PAXTON ROBEY© Y LA COLABORACIÓN DE LONE JENSEN

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CAPÍTULO 5
HAZLE CASO A TU DICHA

Quiénes son los “trabajadores de la luz”

¿Qué separa al “trabajador de la luz” moderno de los miles de millones de almas encarnadas hoy en la tierra? Los miembros del equipo de transición planetaria poseen una cierta comprensión de los principios cósmicos que supera y trasciende la norma de la conciencia grupal. Cuando trasladamos nuestro punto de vista del tedio del día a día a una perspectiva más universal, descubrimos algunos aspectos de nosotros mismos que nos ayudan a aclarar nuestra función y nuestra propia valía.

Puesto que normalmente no podemos siquiera entrever lo que hay en las mentes y corazones de las docenas o cientos de personas con las que nos topamos a diario, ignoramos cuál es el nivel promedio de conciencia de la sociedad. Tendemos a juzgar el nivel de desarrollo espiritual de la gente por su comportamiento. Más específicamente, nuestro juicio depende de que su conducta nos haga sentir bien o mal. Al mismo tiempo, tenemos la certeza de que ninguna opinión sobre nosotros que esté basada en cómo nuestra conducta hace sentir a los demás puede hacerle justicia a nuestra elevada autopercepción. La utilidad de una persona en este momento de despertar no se puede determinar con los sentidos físicos.

Por muchos años, he trabajado con cientos de personas que seguían luchando a pesar de estar “espiritualmente conscientes”. Como consejero intuitivo, siempre he mirado en sus mentes y corazones, y reviso su contrato de encarnación con la tierra. Invariablemente, he descubierto dentro de todos a un ser mucho más noble, más empoderado y más crístico que lo que ellos mismos creen. Siempre he descubierto un propósito grandioso en cada uno, pero cuando me comunico verbalmente con estas personas, tengo que oír miles de razones por las que no son capaces de manifestar su visión interna. Los motivos siempre han sido mundanos, limitaciones físicas, ideas de limitación recibidas de su interacción con las figuras de autoridad.

Mientras más profundizo en los niveles internos de la gente y el funcionamiento de nuestra escuela terrestre, más evidente me parece lo que se requiere para ser un trabajador de la luz en este planeta. Los trabajadores de la luz recuerdan que para funcionar deben regirse por las mismas leyes cósmicas que gobiernan nuestra realidad:

  • Primero, todas las mentes están conectadas y toda verdadera comunicación es telepática.
  • Segundo, todo individuo crea la realidad según sus creencias.
  • Tercero, Dios es amor y es todopoderoso, por lo que todo debe estar bien tal como está. Si no lo percibimos así, es nuestra percepción la que debemos elevar.

Este entendimiento nos ayuda a definir específicamente nuestro papel y nuestro valor para la raza humana.

Luego de atisbar en las mentes de cientos de individuos como ustedes (si ustedes son los típicos lectores de este libro), puedo garantizarles que tienen un nivel de compasión más elevado y una comprensión mucho mayor de la naturaleza de Dios que la persona promedio. Su deseo es ser inofensivo y aman todo lo bello y pacífico. Por consiguiente, puesto que su mente se halla telepáticamente conectada con todos los seres de todos los reinos de este planeta, cada vez que tienen pensamientos grandiosos o sanadores o felices están elevando la conciencia de la tierra. Están sanando el planeta.

Ustedes no son escapistas cuando no se sienten con ganas de vérselas con el drama diario y, en su lugar, eligen refugiarse en la naturaleza, rodeados de paz y belleza. Cuando obran así, están siguiendo las instrucciones de los maestros, quienes entendieron y enseñaron el aquietamiento de la mente y la serenidad del alma. Ellos supieron que ni el comportamiento ni las palabras de nadie podrían arreglar un déficit presupuestal o una riña familiar. Ellos supieron que una sola mente enfocada en la paz podría rasgar el velo terrenal y permitir la entrada de los trabajadores invisibles, de la oportunidad y del azar para mejorar cualquier situación.

Los trabajadores de la luz no vienen al mundo en masa, excepto cuando alborea la era de Acuario. Su función es alterar la conciencia grupal trabajando en armonía con la ley cósmica, la única forma efectiva de crear cambio. Por eso, la labor del trabajador de la luz se revela como algo sencillo: elegir la paz y hacerle caso a su dicha.

Pocos de nosotros podemos entender a cabalidad cómo sería la vida sin dramas ni dilemas. “¿Qué quieres decir con estar en paz todo el tiempo? ¿Qué es eso de estar felices todo el tiempo? ¿Me estás diciendo que tengo el derecho, que me merezco y puedo justificar una vida de dicha total?”. No sólo tenemos el permiso, sino la obligación de hacer lo que queramos hacer ahora. Si quieren salvar el planeta, eso es lo que deben hacer, nada más. Únicamente haciéndole caso a su dicha podrán liberar la creatividad que vinieron a compartir. Todos debemos ser creadores y ejemplos de la dicha pura. Ésa es la única manera de que éste sea un planeta dichoso.

Considerad los lirios del campo…

Si hemos de confiar en los maestros, podríamos pasarnos el día entero escuchando música y hablándoles a las flores, y como resultado prosperaríamos, sanaríamos y experimentaríamos armonía perfecta con los demás seres humanos. En realidad, eso es todo, pero el ego mantiene la creencia de que lo único que se interpone entre nosotros y la aniquilación total es nuestra capacidad de manipular, controlar y entregarnos a la actividad defensiva. El ego no puede permitirse creer que Dios está a cargo; tiene una creencia completamente separativa con respecto a quién es responsable de la supervivencia del ser y de la tierra. Los que tratan de ser “prácticos” adoptando una postura defensiva o agresiva y a la vez intentan ser espirituales sirven a dos maestros. Eso produce una enorme frustración.

En Nuevo México, donde vivo, hay muchas fuentes termales, adonde llega gente de todas partes del mundo para curarse o, simplemente, para relajarse. En una ocasión, mientras tomaba un baño, se me acercó un hombre. Cuando terminé mi meditación, le pregunté de dónde venía. “De Nueva York”, respondió. Me preguntó si yo venía seguido, y le dije que sí porque mi casa estaba a unos pocos kilómetros de allí. Me comentó que yo era muy afortunado por poder venir todas las veces que quisiera, y entonces le expliqué que no era cuestión de suerte, sino la decisión tomada hacía unos cuantos años de que la vida era demasiado corta para no hacer lo que verdaderamente quería o vivir donde verdaderamente quería. Su cuerpo entero se convulsionó, se cubrió los oídos con las manos y me dijo: “No quiero oír nada de eso”. Cuando los aprendices de maestros dejan de darle excusas al universo de por qué no pueden ser consecuentes con sus corazones y optan por hacerle caso a su dicha, pronto alcanzan la maestría. Pero cuando uno se sumerge en el pozo telepático que rodea este planeta, es imposible convertirse en maestro sin estar atentos. Hay mucha programación y viejas creencias de las que tenemos que deshacernos.

Sería bueno poder cambiar, así como así, nuestra actividad y comenzar a llevar una vida espiritual, pero nuestras creencias y nuestra culpa no desaparecen sólo porque nos mudemos a un ashram. Aprender a seguir nuestra dicha no tiene como punto de partida el cambio de trabajo. Creamos nuestras realidades de adentro hacia fuera. Nuestra dicha abarca el fin de las discusiones, grandes obras de arte y sanación de enfermos. Hacer que nuestras relaciones funcionen y traer el flujo universal a nuestras vidas es la parte difícil de hacerle caso a nuestra dicha. Podemos leer los intrigantes y dramáticos cuentos que relatan la salvación del planeta por entidades divinas, externas a nosotros, pero la verdad es que no hay nada allá afuera.

Ésa es la respuesta que no queremos oír porque nos devuelve toda la responsabilidad. Es nuestra responsabilidad ser felices en este momento, pensar en grande y creer que somos valiosos para esta tierra. Es probable que ni sus padres ni las figuras de autoridad en sus vidas les hayan dicho esto. Apuesto a que ninguno les dijo: “Creo que serás el Cristo cuando seas grande”. En cambio, seguramente los recuerdan afirmando: “¿Qué quieres decir con ser un salvador de la tierra? Tú no eres tan interesante. Mejor ve a sentarte en el rincón”. No importa la edad que tengan ni hace cuánto murieron sus padres, cuando se embarcan en su viaje a la libertad siguen oyendo sus críticas. Y su única respuesta debe ser: “Lo siento, mamá, pero yo soy divino. No tengo tiempo de ir a acurrucarme en el rincón porque ya decidí que voy a sanar esta tierra y a todos sus habitantes”. Mientras los humanos estemos encerrados en cuerpos físicos, tendremos las voces de esas figuras de autoridad en la cabeza; eso hace parte de estar inmersos en la conciencia grupal. No es fácil, pero no tenemos que ser víctimas de las viejas voces.

 

Los padres no permiten que sus hijos sean dichosos

Nuestros padres, pares y figuras de autoridad sólo estaban haciendo lo mejor que sabían hacer, pues también eran estudiantes del planeta tierra, no maestros ascendidos. Podemos decidir en este mismo momento que sólo vamos a seguir las enseñanzas de los maestros y que ya no prestaremos más atención a ninguna figura de autoridad, viva o muerta, que no haya demostrado paz y felicidad en su propia vida. La gente que nuestra sociedad endiosa es la que sale en las portadas de Time, Newsweek y Sports Illustrated. Nosotros elegimos imitar a personas cuyas vidas son un desastre. La mayoría de los modelos de rol que hemos seleccionado son individuos que mantienen los hospitales llenos y cuyas relaciones no funcionan; se sienten tensionados por asuntos de dinero y por lo que hacen o dejan de hacer sus seres amados. Tienen úlceras y mueren de cáncer, ataques cardiacos y otros fenómenos relacionados. Rara vez nos detenemos a observar el hecho de que hemos escogido las figuras de autoridad equivocadas; rara vez consideramos que somos libres de escoger nuevos modelos.

Los padres son un asunto complicado para todos. En el trabajo de consejería se hace evidente que todos los padres han sido un problema para sus hijos: o la familia era disfuncional o ambos padres eran demasiado rígidos. O el niño fue criado en un ambiente desfavorable o su vida fue demasiado fácil. O el papá nunca estaba o lo asfixiaba. ¿Qué prueba todo esto? Sólo que la tierra es una escuela y no una utopía. Nosotros elegimos a nuestros padres, nuestras clases y nuestras lecciones antes de pagar la matrícula. Puesto que las lecciones las escogimos nosotros mismos, también es nuestra decisión hasta cuándo vamos a aceptarlas.

Si tratamos de vivir la vida que nuestros padres escogieron para nosotros, terminaremos exactamente como ellos. Sus ideas sobre el mundo y cómo funciona nada tienen que ver con la objetividad, lo absoluto o Dios. No debemos enrostrarles el hecho de que nos hubieran manipulado con la culpa. Si nuestra intención es ser ilimitados, expansivos y expresivos, entonces, debemos aceptar que nuestras figuras de autoridad obraron de la única manera posible para su generación, que así fueron entrenados. Así eran las cosas en la era de Piscis. Pero eso no quiere decir que no los amemos o no los respetemos. Es sólo que nosotros somos parte de una generación de transición que exige reglas más amorosas para convertirnos en seres autoempoderados.

Debemos parar y observar detenidamente la programación que hemos recibido de las generaciones anteriores. Fuimos literalmente programados para hacer lo que ellos nos decían, por encima de lo que Dios (como voz interior o con la voz de los maestros) nos decía. Desde la perspectiva de la generación de nuestros padres, éramos egoístas si no los complacíamos y si no nos convertíamos en lo que ellos querían que fuéramos. De algunos de nosotros se esperaba que pasáramos toda la vida tratando de hacerlos verse y sentirse bien o éramos egoístas. Ahora sabemos que el ego llama a la gente egoísta en un intento por controlarlos. Sin embargo, desde la perspectiva espiritual, el egoísmo significa nutrir, bendecir y cuidar el propio ser.

Tenemos que entender que nuestros padres y nosotros somos uno porque todas las mentes están conectadas. Solamente hay una conciencia divina que lo permea todo. En consecuencia, cuando le hacemos caso a nuestra dicha y nos volvemos creativos, autoempoderados y felices, nuestros padres y el resto del mundo se benefician.

Todo individuo que haya alcanzado una verdadera grandeza y haya contribuido con algo al planeta seguramente volvía locos a sus padres porque no se dejaba programar ni manipular. Se han comportado como Jesús cuando su madre le decía: “¿Cómo te atreves a irte sin avisar y sentarte con los rabinos? ¿Acaso no sabías que la cena estaba lista?”. La única respuesta posible era: “Mamá, cálmate. Yo tengo otras cosas que hacer”. También estoy parafraseando, pero lo cierto es que si alguien como Van Gogh se hubiera gastado la vida haciendo lo que su mamá le decía no hubiéramos conocido su arte. Todo ser humano que ha contribuido con algo creativo al planeta ha declarado: “Lo siento, mamá, papá, pero yo no sigo las reglas. Vivo la vida en mis propios términos y a mi manera, y los quiero tanto que voy a ser para ustedes un ejemplo de cómo se puede ser libre”.

John Randolph Price llama Superseres a todos los que no están motivados por el miedo. Ésos son los que no compran seguros, no usan cinturón de seguridad y no se detienen ante el semáforo en rojo a las cuatro de la mañana, cuando no hay más automóviles en la calle. Es más, cuando están pasándose la luz roja no miran sobre su hombro para ver si los pillaron. Rompen moldes todo el tiempo y no dejan que alguien más tenga poder sobre ellos. Cuando cedemos nuestro poder, simplemente estamos retrasando nuestro propio bienestar. No seremos libres hasta que recuperemos el poder y declaremos que no somos víctimas.

Por otro lado, nuestros padres y las figuras de autoridad se creen víctimas y pretenden enseñarnos las que creen que son las verdaderas condiciones de vida. Su felicidad está sujeta a la economía, el mercado, sus trabajos y sus familias. En realidad, nosotros no deseamos ser como ellos.

Los trabajadores de la luz eligen la felicidad a pesar de todo

La mayoría de los que están en este planeta planearon para sí mismos un horario de clases que les da mucho tiempo para aprender cada lección. Este capítulo no será ni remotamente comprensible para ellos. Muchos, por ejemplo, disponen de una era entera, dos mil años, para volverse un poquito más tolerantes con los demás. Aprender a no ser víctimas le toma a la mayoría por lo menos un ciclo completo de eras, es decir, veintiséis mil años.

Los aprendices de maestro actuales no hicieron contratos con la tierra tan extensos. Para nosotros, la cuestión se reduce a tomar una decisión. Dejaré de explorar todas las formas posibles en que puedo haber sido victimizado. Por mi propia voluntad, renuncio a las gratificaciones de mis amigos y familiares por ser una víctima, y a cambio decido tener la mirada fija en Dios.

En nuestra realidad no hay lugar para ser víctimas de nada. ¿Pueden imaginarse a Dios como una víctima? ¿Se imaginan a Jesús diciendo: “Mamá, me encantaría convertir tu agua en vino pero, ya ves, soy un carpintero y tengo que construir esta casa. Debo mucho dinero porque compré mis herramientas para pagarlas en un solo plazo y no tengo tiempo de andar haciendo cosas raras”?

Jesús se encontraba sumergido en el mismo pozo telepático en el que estamos ustedes y yo, razón por la cual a veces le llegaban ideas de abandonar su grandiosa búsqueda y limitarse a ser un humano cualquiera, pero su grupo de apoyo se lo impedía. Es mucho más fácil ser un carpintero que un mesías. No vinimos a este planeta a cumplir las expectativas de nuestro padre o de nuestro cónyuge, sino a realizar nuestro potencial.

Imaginen por un momento que han vivido en la tierra más de mil años y que, mientras beben unos tragos, le cuentan a sus amigos la historia de su última reencarnación. “¿Quién fuiste mientras estuviste allí?”, y usted responde: “Todos somos la misma esencia. Al principio, sólo era Dios, entonces, todos éramos los iguales de Dios, aun encarnados”. “¡Vaya! ¡Con ese tipo de entendimiento debiste transformar la tierra! ¡Seguro hiciste milagros y sacaste a la tierra de su eje!”. A lo que usted contestó: “No, a mi marido no le hubiera gustado”.

Son muchas las maneras en que intentamos realizar nuestra labor sin un compromiso total. Comprometemos nuestro tiempo y la verdad porque queremos vengarnos de nuestras figuras de autoridad o de la economía. Todos y cada uno de nosotros somos seres excepcionales. No existe diferencia alguna entre usted o yo y un Sanat Kumara. Ninguna en absoluto. Cero, excepto que él eligió hacerle caso a su dicha y nosotros escogimos tener excusas de por qué no podíamos hacerlo. Jugar el juego de acuerdo con nuestras propias reglas y crear nuestra propia realidad exige que filtremos muy cuidadosamente todo lo que las figuras de autoridad nos enseñaron a creer.

La mayoría de nosotros ha estado esperando durante mucho tiempo a que alguien nos diga que siempre hemos tenido la razón. Pero si nos lo dicen, mejor no les creamos. Si nos sentimos bien porque alguien nos lo dijo, entonces, le habremos dado a esa persona el poder de debilitarnos. Y si después se echan para atrás en su declaración, nos sentiremos devastados. Nunca le haremos caso a nuestra dicha si esperamos a que alguien nos dé permiso ¿No será que dios, dios, altísimo dios descenderá a nuestra sala de estar, nos entregará un diploma, estrechará nuestra mano y nos dirá “¡Bien hecho!”? Pues eso no va a suceder porque, como ya saben, ese tipo de pensamiento es separativo. Dios no está allá afuera y no puede venir hasta nosotros porque está dentro de nosotros. Dios es la esencia de nuestro ser, y somos el material divino que está realizando la transformación en la tierra.

Nuestro compromiso con el autoempoderamiento es lo que la tierra ha necesitado durante eones y es un gran regalo para la conciencia planetaria. Debemos estar dispuestos a decirle al universo que estamos bien tal y como estamos. Nadie puede hacer eso por nosotros.

El miedo del ego separado

¿Por qué estaban los soldados en el Medio Oriente, con sus armas al hombro, esperando la muerte? Porque algún ser inteligente, educado y terco les dijo que debían hacerlo. ¿Cuántos soldados habría en el mundo si todos le hiciéramos caso a nuestra dicha? ¿Cuántas bombas caerían si todos siguieran los deseos de su corazón? ¿Qué sucedería si todos nos pusiéramos a hacer tortas de lodo? Algunos dirán que no todos podemos hacerle caso a nuestra dicha. “¡Sería la anarquía! ¿No moriríamos todos de hambre?”. ¿Esas palabras parecen pronunciadas por un maestro o por una persona temerosa?

La gente que se cree separada de usted y de mí y de Dios le teme a esa separación. En su temor, le piden a la sociedad que establezca un conjunto de reglas para controlar el uso del “poder”. Para ellos, poder significa poder sobre otros. Creen que las personas sin control son anarquistas, si no peligrosas. Y aun cuando los controles están funcionando plenamente, la vida sigue siendo un juego de malabarismo, en el que todos rivalizan por ocupar el puesto más alto. Los más adelantados egos separados no promueven la guerra para zanjar la cuestión de quién se queda con el poder; promueven las elecciones. Con las elecciones, afortunadamente, sólo el 49% de la gente estará sometida a la voluntad de la mayoría. Las elecciones sólo son una forma ligeramente más civilizada de la guerra. En cualquier caso, un grupo toma decisiones en nombre del otro.

¿Cómo actúan las entidades que no se creen separadas de las demás? Los seres que no están separados no necesitan protegerse de los otros, y no requieren que se les enumeren las ventajas de la cooperación con respecto al conflicto. Los seres conscientes de su unicidad con toda la creación no sólo están indefensos, sino que son la esencia misma de la indefensión: son amor/compasión/sabiduría.

Un ser que entiende su unicidad no aprieta el gatillo, pero tampoco vota. No tiene interés en grabar su voluntad política en otra persona, y sabe que no hay necesidad de protección centralizada porque ni la voluntad ni el estado de ser de nadie se puede comprometer. Uno no está autoempoderado hasta que se da cuenta de su conexión con todas las almas. Lo que me ayuda a mí ayuda a todos; lo que daña a otros me daña a mí. Cuando hay entendimiento, nadie intenta hacer daño y, entonces, no se necesita protección. El autoempoderamiento es un estado total del ser. No hay víctimas.

Quienes creen en el ego separado creen que el estado natural del ser para los humanos es improductivo, perezoso y parasitario. Creen que si no se obligara a la gente a trabajar por la necesidad económica, se limitarían a recibir y no darían jamás. Creen que la naturaleza del hombre es mala. En cierto sentido, tienen razón. Si la humanidad despertara lo suficiente para ser saludable, próspera y feliz, todos renunciarían a sus empleos y dejarían de hacer lo que no es divertido. Pero la naturaleza del hombre deriva de la naturaleza de Dios, que es su fuente. La naturaleza de Dios/hombre es crear. La naturaleza de Dios/hombre es explorar. La naturaleza de Dios/hombre es omnipotente y omnisciente. Cuando el hombre despierta, se opone a trabajar para ganarse la vida, y en cambio crea, ama y baila. Y es plenamente consciente de la ley cósmica: ningún hijo de Dios puede ser obligado a sufrir escasez o ausencia sólo por lo que otro hijo de Dios haya decidido no hacer. La prosperidad es creada por la conciencia y no por la fuerza laboral. ¿Acaso se nos olvidó cuál es el estado natural del ser en este universo?

 

 

Se requiere más energía para crear limitación que cualquier otra condición

Hemos sido programados para creer que si no estamos tullidos ni nos han asesinado, entonces, nuestra vida es bastante buena. Nos han dicho que la vida consiste en trabajar duro y hacer lo mejor que podamos. Se nos dijo que si teníamos comida en la mesa y ropa y un techo, además de algunos amigos, no teníamos derecho de esperar más. Sin embargo, no fue de eso de lo que hablaron los maestros, pues lo que en realidad discutían eran extraños estados del ser, como el nirvana. No fuimos programados por la sociedad para la perfección, pero la verdad es que somos un pedacito de luz que escapó de la estrella llamada Dios. Existiremos eternamente en el estado natural de ser del universo. Se ha requerido un gran esfuerzo —muchas úlceras y ataques cardiacos y un poco de cáncer— para reprimir la dicha.

¿Por qué no están experimentando el estado natural del ser los estudiantes de la escuela tierra? Porque uno de los atributos de Dios es el poder infinito y, créanlo o no, cada persona posee el poder de crear la limitación. No es fácil ser dios, dios, altísimo dios, juntar todos nuestros recursos y nuestras energías, y crear la ilusión de que sólo somos humanos: seres sin poder, limitados y serviles. Es casi demasiado fantástico para creerlo. La mayoría de las entidades que viven fuera de la tierra no alcanza a comprender los relatos que oyen sobre la vida en este planeta. No pueden imaginarse cómo una sociedad continúa existiendo mientras manifiesta características opuestas a los estados naturales del ser en el resto del universo. Si pudiéramos preguntarle a un habitante de Zeta Retículi cómo obtienen permiso para ser lo que son, seguramente ni siquiera entendería la pregunta.

El único obstáculo para ser conscientes e iluminarnos es la decisión de no autoempoderarnos y nuestra determinación de no ser lo que somos. Mientras no cambiemos esa decisión, seguiremos creyendo que esta tierra y su gobierno y su economía y nuestra familia ejercen poder sobre nosotros… y así seguirá siendo porque somos Dios y nuestra palabra es la verdad.

Vinimos a la tierra para realizar nuestro autoempoderamiento aquí y ahora. Por eso Jesús no nació en esta Navidad: porque era necesario que lo hiciera hace dos mil años. Pero hoy nos necesitan a nosotros. Éste es el comienzo de la era de la verdadera iluminación, donde no nos queda más que hacerle caso a nuestra dicha, a los deseos del corazón.

 

El autoempoderamiento es algo normal

El autoempoderamiento es normal. Los trillones de entidades que existen en los diversos universos dan por sentado que no hay otra forma de ser. No obstante, aquí abajo, en la esquina inferior izquierda de este universo arcaico hay una escuelita que llamamos tierra, en la que sus estudiantes sienten la necesidad de pedir permiso.

¿Saben por qué seguimos pidiendo permiso? Porque creemos en el bien y el mal y en la posibilidad de cometer errores. ¿Pero acaso los maestros no dijeron “ustedes son Dios”? Buda lo dijo, y también Mahoma y Lao Tzu y Confucio y Abraham. ¿Qué tipo de error podría cometer Dios?

Cada uno de nosotros ha experimentado momentos de pura dicha, pero los hemos revestido de temor porque temíamos que desaparecieran. Cuando estábamos divirtiéndonos con nuestros juguetes y todo era maravilloso y ya se había pasado la hora de que nos fuéramos a la cama, sufríamos un sobresalto en medio de nuestro éxtasis. La voz decía: “¡Vete a la cama! ¿Ya has tenido demasiada diversión!”. Cada vez que la vida empezaba a ponerse verdaderamente buena, comenzábamos a mirar por encima del hombro. Así, desarrollamos una conexión entre lo que deseamos y lo que tememos. Cada vez que hemos tenido experiencias intemporales, ha llegado la voz: “¡Deja de divertirte tanto! ¿Quién te crees que eres? ¿De dónde sacas que mereces ser tan feliz?”. Ésa es la razón por la que creemos que si algo es muy agradable, seguramente se acabará rápido. Esta sola creencia nos impide vivir en éxtasis eternamente. No olvidemos que no somos las víctimas del Coco; nosotros los escogimos como nuestros profesores para quitarles nuestro poder y volver a ser libres.

¿Cuántos individuos en esta tierra están dispuestos a vivir cada momento en plena dicha y no pedir permiso para ser lo que son? Un ejemplo es Einstein, otro es Rembrandt. Existen unos cuantos, quizás una docena, un centenar, de pronto mil. Si restamos ese puñado de seres autoempoderados de los siete mil millones de habitantes, ¿cuántos quedan? Unos siete mil millones. Unos cuantos miles no son ni una gota en el cántaro.

Al tiempo que alborea la era de Acuario, vemos que suceden algunas cosas sorprendentes. Comenzamos a apreciar la expresión de la conciencia creativa en nuevas formas de arte, nuevas filosofías y nuevas ciencias. Todo se inició con unos pocos trabajadores de la luz, tildados de radicales y herejes en su época.

Desde una perspectiva astrológica, podemos decir que la energía de la era de Acuario comenzó a filtrarse en el planeta desde el Renacimiento. No hubo un solo aspecto de la condición humana que escapara a la transición.

Aparecieron formas ampliadas de expresión en las artes, las ciencias, la filosofía y la religión. Llegaron unos cuantos profetas modernos a mostrarnos un mejor camino, como Leonardo da Vinci, Ralph Waldo Emerson, Tomás

Edison, Kant y Quimby, quienes entendieron la directriz primaria y que la vida en este planeta es un proceso evolutivo y transitorio. Ninguno de estos individuos le vio utilidad alguna al dogma o al estancamiento. Lo que los separó del resto de la sociedad fue su deseo de vivir conscientemente y su disposición a confiar en su ser interior por encima y más allá de lo que se les había enseñado.

El truco consiste en pasar cada momento del día sin perder de vista el cuadro global. Cuando nos hacemos sabios, aprendemos a ser conscientes todo el tiempo, en lugar de vivir según los viejos patrones y hábitos. Parte de vivir conscientemente es conocer lo que ya comprendemos pero que aún no hemos captado. Es saber cuándo estamos centrados y balanceados y cuándo necesitamos refuerzos. Debemos estar dispuestos a decir: “Realmente no entiendo esto a fondo, así que mejor escucho esa cinta o leo ese libro o miro un atardecer”. Vivir conscientemente es la única manera de asegurarnos de que estamos avanzando de la manera más expedita hacia donde queremos ir.

Este planeta es maravilloso para quienes aceptan la responsabilidad de sus vidas y se rehúsan a ser víctimas. El planeta tierra será literalmente un jardín del Edén para quienes estén listos para definirse el significado de su propia dicha y hacerle caso. ¿Qué separa a los aprendices de maestro de las masas? Las masas dicen: “No puedo renunciar a mi trabajo porque debo mucho dinero”, mientras que los aprendices declaran: “Si no se siente bien, no lo hago”. Si continuamos haciendo lo que no se siente bien, hemos de saber que la decisión ha sido nuestra. Si elegimos permanecer en situaciones incompatibles, ésa también es nuestra elección.

¿Cuáles son nuestras excusas para seguir siendo víctimas? Somos totalmente libres de hacer lo que deseemos. Podemos escoger ser víctimas, pero, al menos, hagámoslo conscientemente. Digamos: “Hoy elijo ser una víctima. ¿No es magnífico? Voy a volver a tomar ese trabajo que detesto”. O: “Esta tarde voy a ser una víctima. No quiero ir a la casa de Fulano, no me gusta estar allí, pero tampoco quiero herir sus sentimientos así que mejor seré una víctima”.

Si de verdad viviéramos conscientemente, no tendríamos que alterar nuestra conducta de una manera demasiado incómoda ni atemorizante. Sólo seamos conscientes de lo que estamos creando para nosotros mismos y los patrones que establecemos para el planeta cuando permitimos que nos victimicen. Cuando decidimos ser conscientes a cada instante y reconocemos las decisiones que tomamos, nuestras vidas comienzan a cambiar. En unos cuantos días, habremos descubierto varias formas de salirnos del papel de víctimas para interpretar otros libres de estrés.

Sólo nos sentimos incómodos cuando tratamos de engañarnos diciendo que no tenemos más opciones. Porque toleramos cosas menos que felices, el próximo año estaremos enfrentando las mismas posibilidades, hasta que llegue el día en que nos atrevamos a decir: “¡Renuncio!”. Entonces, recordaremos lo que aquel gurú comentó acerca del desapego y la renuncia. Ése es el único camino a la libertad.

Debemos decir si estamos sometiéndonos a la presión de grupo y las formas tradicionales de hacer las cosas o si estamos escuchando a nuestra propia guía interna. Cuando ponderamos todo, con frecuencia optamos por seguir un rato más las costumbres de la sociedad, ya que eso es más cómodo que dar el salto a una nueva vida. Eso está bien; sólo es una ligera demora en el tiempo, pero está bien si lo hacemos conscientemente. Sencillamente, hay que decir: “Sí, he optado por seguir un viejo patrón porque en mi actual estado de conciencia creo que eso me concederá un nivel más alto de comodidad”. Al final, miraremos atrás y diremos: “¡Oh, Dios! ¿Por qué tardé tanto?”, y seguiremos adelante.

Cada día vivido conscientemente descubrimos más cosas que no se sienten bien. ¡Eso es maravilloso! El dolor es nuestra llave a la libertad. A través de nuestro dolor, descubrimos que ya no estamos dispuestos a seguir soportando. No podemos liberarnos de algo si no reconocemos que existe. Tan pronto lo reconocemos y soltamos todas las excusas para conservarlo, damos un paso hacia la libertad total. Cuando miramos la era pisciana de disciplina estricta y de ciegos conduciendo a otros ciegos, podemos ver claramente que la tierra necesita desesperadamente individuos que puedan comunicarse directamente con Dios a través de su guía interna.

Podemos usar el poder de nuestra voluntad para escoger la paz en todo momento, en lugar de reaccionar a las cosas que nos rodean. Esto significa que si el carro amanece con una llanta pinchada, tenemos la opción de decir: “Sólo me merezco lo mejor, así que ésta debe ser la mejor llanta pinchada del mundo entero”. Esta afirmación reclama para nosotros todo el poder y borra nuestra sensación de victimización. La función de toda llanta pinchada siempre ha sido la de hacer que las entidades se percaten de que una llanta no tiene el poder de hacerlas infelices. Mientras aprendemos a no gastarle energía a una llanta desinflada, el ego protesta dándonos una lista de las consecuencias. “Primero que todo, vas a llegar tarde y Fulano se va a enojar mucho”. Tenemos la libertad de declarar que ya no nos importan esas listas. Después de todo, ¿cómo podría cualquier cosa del universo de Dios estar demorada? ¿Cómo podría no funcionar algo? Lo que significa, sencillamente, es que vamos a llegar a nuestro destino en un tiempo diferente y que, por lo tanto, va a ocurrir algo de magia. ¡Fabuloso! Lo que mantenemos en la mente, eso creamos, así que anticipemos que todo lo que ocurra en nuestras vidas crea magia.

Mientras pensamos en el miedo como una excusa para aferrarnos a viejos patrones, permítanme decirles que ninguna entidad ha experimentado jamás miedo ni culpa en el momento presente. Todo el temor está dirigido al futuro, mientras que la culpa es un reflejo del pasado. Por lo tanto, mientras estemos concentrados en el ahora, nunca experimentaremos esas emociones. El miedo y la culpa son sólo dos estados del ser que le han impedido a la humanidad percibir su verdadera naturaleza.

 

Memoria psíquica y visión

Tengo un pariente que desde su infancia fue declarado mentalmente discapacitado y puesto en escuelas para niños especiales únicamente porque no truncó a tiempo su conexión con otros niveles de realidad. Cuando pequeño, tuvo muchos compañeros de juego invisibles y, mientras crecía, siguió jugando con ellos. Ocasionalmente, hasta le llevaban pequeños regalos. Para su familia, fue una experiencia particularmente extraña. Sus doctores aseguraban: “Bien, como Alex no está del todo presente, debe ser retardado”. Hoy tiene tres doctorados y aún continúa llevando a cabo su trabajo psíquico. Realiza exploraciones extracorporales para el departamento de policía y encuentra niños perdidos. Él es el normal, mientras que los demás seguimos tratando de complacer a nuestros padres.

Todos tenemos recuerdos de nuestra existencia antes de nacer. A veces, esos recuerdos se filtran desde el subconsciente. ¿Qué pasa si vinimos del sistema estelar treinta y siete Z en el cuarto dominio a la izquierda del universo Sietemágico? ¿Qué ocurre si intentamos vivir nuestra vida como lo recordamos de nuestra pasada experiencia? Donde vivíamos, nadie llevaba máscaras para ocultar sus sentimientos. Allí, todos los seres son totalmente telepáticos y abiertos y francos. Y, claro, si funcionamos así en este planeta, los grupos de pares, nuestra familia y nuestros profesores nos darán una golpiza por ser tan diferentes.

En la tierra, tenemos que aprender a conformarnos. Por eso, para sobrevivir, empezamos a cerrarnos y decimos: “¡Un momento! No le voy a decir lo que sé ni lo que veo. Voy a retirarme con delicadeza de acá, ya que no quiero pasar todo el día castigado en mi habitación. Mejor, voy a actuar como un ser humano normal”. ¿Cuántos no hemos hecho eso para sobrevivir? Entonces, veinte o treinta o cuarenta años después, aparece alguien que nos dice: “Cuéntame lo que sabes”. Y nuestra respuesta, condicionada por el temor, es: “¡Ah, no! No voy a dejar que me des una paliza. No me acuerdo de nada de esas cosas cósmicas”.

Aún recuerdo mi propia experiencia como niño. Me encontraba de visita en la casa de mis primos, jugando a la lleva con el deva del árbol. Aparentemente, estaba danzando con este gnomo invisible, que era muy rápido. De pronto, mi primo salió de la casa y me pilló. Me sentí tan humillado y avergonzado por jugar con algo invisible que, en ese mismo instante, juré que nadie me volvería a atrapar en ésas. No volví a ver a un solo deva hasta que me mudé a Santa Fe, hace unos cuantos años. Un día en el que estaba experimentando una gran dificultad para obtener respuestas, me dirigí a mi lugar favorito de meditación. Estacioné el auto en un punto desde donde podía apreciar todo el pacífico valle. Justo cuando estaba reclinando el asiento para relajarme, vi a cientos de estas criaturas venir hacia mí, una de cada árbol. Todas gritaban: “¡Necesita que lo animen! ¡Vamos por él!”. En pocos minutos, yo rogaba: “¡Paren, paren!”. Ya no me aguantaba las cosquillas, pero estaba feliz de que hubieran vuelto a jugar conmigo después de cuarenta años. Todos tenemos la opción de recordar esos momentos en el tiempo con nuestros amigos especiales de otras dimensiones.

¿Pueden acordarse de esos momentos en que estuvieron haciendo algo que les gustaba mucho? Entrábamos en un estado atemporal cuando jugábamos con muñecos o pintábamos o hacíamos tortas de lodo. Era como si el resto del mundo desapareciera. Esos momentos fueron como una vista previa de lo que podemos alcanzar en esta vida. Tenemos la opción de vivir en ese estado para siempre porque creamos nuestra propia realidad como la queramos. Podemos crear aventura, exploración y risas a mandíbula batiente. Podemos tener lo que deseemos en nuestra versión de la dicha.

 

El drama es lo familiar (lo seguro)

La dicha es lo desconocido (lo temible)

Algo que es importante recordar es que la perfección nunca será aburrida. En ocasiones, caemos en la trampa de invitar el drama, debido a la falsa creencia de que el nirvana no será emocionante. Cuando vivamos conscientemente, nos daremos cuenta de que el drama es un desgaste. Si vemos una situación dramática en la oficina, ¿nos alejamos como si no existiera o nos quedamos ahí para enterarnos de los detalles? ¿Cómo podemos permanecer en contacto con la luz si estamos implicados en el drama?

El Curso de milagros nos exhorta, simplemente, a elegir la paz. Si alguien le va a dar un puñetazo en la nariz, ¿está dispuesto a escoger la paz? Si el banco le va a quitar su casa, ¿hará usted un drama o dirá: “¡Qué importa, es sólo una casa!”? Aunque le parezca chistoso, ésa es la decisión indicada. Muchos se sentirían muy tensos y nerviosos si llegaran a expropiarlos. Se nos olvida que nosotros tenemos el control de nuestros cuerpos y sus respuestas. Elegimos nuestro estado emocional en cada instante de la vida. Puesto que no hay víctimas, tenemos la opción de elegir la paz.

La mayoría no estamos seguros de querer desistir del drama ya. ¿Eso quiere decir que tendré que renunciar al resto de la temporada de baloncesto? Eso no quiere decir que tengamos que renunciar a nada, pero tendremos que cambiar nuestra perspectiva si queremos ser libres. Ya no habrá ganadores ni perdedores en la cancha, sólo individuos superando sus límites anteriores. El baloncesto es una maravillosa herramienta de enseñanza. Desde la perspectiva del deportista, si logra saltar más alto o moverse más rápido que nunca antes, habrá avanzado en el camino a convertirse en un ser ilimitado. Desde nuestra perspectiva, deseamos ver a Dios jugando con Dios y nada más. El único propósito de los atletas en el campo de juego es su crecimiento personal. Mientras no veamos las cosas de ese modo, estaremos atrapados en nuestra propia red.

Cuando una persona empieza a hacerle caso a su dicha y cree que ya no puede conformarse con las figuras de autoridad en su vida, llega un periodo en el que parece que la hubiera embarrado soberanamente, y los primeros en decírnoslo son nuestra familia y amigos. Nos mostrarán lo poco prácticos que somos y que no podemos abandonar el trabajo ni al cónyuge así como así. Es un periodo de transición en el que sentiremos un miedo terrible, pero después de un tiempo de ajustes, sucederán cosas asombrosas. Cuando dejamos de jugar según las reglas viejas, descubrimos que nada nos va a destruir y probaremos el primer bocado de la verdad: que es posible eliminar la lucha y el esfuerzo para siempre.

 

"Confianza", otra vez esa palabra

En algún punto, las almas que despiertan deciden confiar totalmente en el universo. Tratar de alcanzar la conciencia cósmica de pasito en pasito es demasiado frustrante. Con un poco de suerte, todos decidiremos que ésta es la vida en que debemos saltar al abismo; ese paso tendremos que darlo en algún momento. Afortunadamente, el universo es muy benevolente y está de nuestro lado. Si nosotros queremos que las transiciones sean divertidas, así lo serán. El universo es tan amoroso que nos ayudará a librarnos de nuestras limitaciones de una u otra manera, pero la ley cósmica declara que siempre tendremos la oportunidad de elegir el camino fácil. Eso es lo que está sucediendo cuando sentimos la urgencia de renunciar a nuestro trabajo o hacer cambios en nuestra vida. Ya sabemos cuándo un uso diferente del tiempo sería más satisfactorio.

Los pensamientos sostenidos se manifiestan. Cuando nos volvemos observadores objetivos de nuestros pensamientos repetitivos, podemos ver las experiencias que nos aguardan más adelante. Si hemos estado quejándonos de nuestro empleo y diciendo que no queremos ir a trabajar, el universo lo arreglará todo para que no tengamos que ir a trabajar. Entonces, ¿por qué no renunciamos antes de que terminemos en el quirófano, nos despidan o la oficina se incendie? Algo inteligente sería cambiar lo de “no quiero ir a trabajar” por “algo muy bueno para mí viene en camino”. El universo no juzga la calidad de nuestros pensamientos; simplemente, los manifiesta.

Una respuesta típica de la gente al codazo del universo es: “¡Ah, pero yo no puedo renunciar! ¡Quebraré! ¡No tendré qué comer! No tendré nada qué hacer. No puedo salirme porque si no sigo en este trabajo que he odiado por veinte años, perderé mi casa”. Si la casa parece estar en peligro, no opongan resistencia. Solamente digan: “Adiós, casa. Fuiste un buen hogar, pero ahora estoy en el camino de la libertad”. La resistencia da lugar a experiencias profundamente dolorosas. Todo son sólo lecciones, y si su casa o su propiedad está en peligro, digan: “Dios, es tuya. No la necesito y no me importa lo que suceda con ella”. Si lo dicen de corazón, mañana todo estará bien, pero si deciden preocuparse, mañana las cosas empeorarán.

“No tendrás dioses ajenos delante de mí” fue una advertencia para que aprendiéramos que la ley cósmica produce para nosotros en el plano físico aquellas cosas a las que les prestamos atención porque esas cosas son nuestros dioses. Si creemos que nuestra paz mental y nuestra felicidad provienen de la casa, ésta se habrá convertido en nuestro Dios. Una casa es un pésimo Dios, que sólo puede traer miseria. Si somos conscientes de que estamos creando para nosotros mismos, ¿por qué querríamos aferrarnos a la miseria? Sencillamente porque no nos hemos convencido de que el universo es amistoso y porque no hemos aprendido a confiar en que algo mejor sucederá. La sociedad siempre nos dirá que si no hacemos lo que odiamos, incluyendo todo el papeleo, iremos a la bancarrota. ¿Alguno de ustedes vio a Willie Nelson parado al frente de su casa cuando la Oficina de Impuestos lo desalojó? ¿Recuerdan sus palabras? “¡Al fin puedo recordar lo bien que se sentía ser libre!”.

Hay un aspecto de la enseñanza del desapego que es muy importante tener presente: lo que soltamos voluntariamente no será experimentado como dolor. Cuando saltamos al abismo, nos liberamos de todo. Si no hay temor por la pérdida, no habrá dolor; confiamos en que Dios se encargará de todo y nos llevará adonde queremos ir.

Es bueno saber anticipadamente que encontraremos algunos obstáculos en el camino. Algunas veces, pensamos que nos hemos librado de algo, cuando en realidad sólo lo hemos hecho en parte. Puede ser que su carro, o su equivalente de él, se lo roben varias veces, como el mío. Le tenemos tanto miedo al dolor causado por esos ostáculos que lo primero que pedimos son seguros y garantías. Queremos proponer: “Está bien, espíritu, tráeme la plata y, entonces sí, saltaré”, pero la respuesta, invariablemente, será: “Nada de eso. Primero te comprometes y luego tendrás tu dinero”. Si obtuviéramos el dinero primero, no aprenderíamos. Cualquiera podría hacerlo así, pero sólo un maestro dará el paso adelante y saltará, sin evidencia alguna de que puede hacerlo. La maestría consiste en creer que estamos tan sintonizados con el universo que todas nuestras necesidades serán satisfechas. Para animarlos, añadiré que los milagros son el estado natural del ser. “Cuando no ocurren milagros es que algo anda mal”, según Un curso de milagros.

 

Dejemos que el universo se encargue de nuestras limitaciones

Hace muchos años, cuando trabajaba para American Airlines, pasaba la mayor parte del tiempo disfrutando de los aviones y siendo feliz. Ya sabía que no debía hablar de asuntos metafísicos con mis compañeros, pero un día un ingeniero amigo me abordó. Éste era un tipo muy estresado, para el que sólo existían los negocios. Sorpresivamente, me preguntó: “Eres el ser humano más feliz que he conocido. ¿Por qué no me enseñas a ser como tú?”. Tres semanas más tarde, este hombre sufrió un ataque cardiaco y fue sometido a una cirugía de derivación coronaria. El universo responde perfectamente a todas las solicitudes, indiferentemente de las apariencias. ¡Le estaba enseñando a este hombre cómo ser feliz! En el hospital había un programa nuevo para pacientes de cardiología, enfocado en el cambio del estilo de vida. Gracias a eso, aprendió que su comportamiento era del “tipo A” y que si no quería experimentar otro ataque, tendría que aprender a disfrutar de su familia, tomarse más tiempo libre y sentarse junto al lago. Semanas después, cuando me lo encontré, me dijo: “ No me había sentido tan feliz en años”.

Yo no le había dado felicidad aunque me lo había pedido, pero el universo siempre responde, no importa a quién se haya hecho la solicitud. Cada vez que conocemos a alguien que está pasando por circunstancias complicadas, lo mejor que podemos hacer es enviarle amor y apoyo incondicionales. Nosotros no podemos reparar a nadie, pero el universo sí.

La razón por la cual no nos sumergimos en el drama ajeno es porque sabemos cómo la conciencia crea la realidad. Nunca más debemos compadecer a quien tenga un problema. Hasta hace poco, cada vez que se nos acercaban personas orientadas hacia los problemas, respondíamos como la sociedad nos enseñó, diciendo: “¡Ah, pobrecita! ¡Terrible lo del bypass triple de tu marido! ¡Lo siento tanto!”. Si la conciencia crea la realidad, entonces, reconocer la tragedia ayuda a crear más tragedia. Para ser útiles, lo que debemos hacer es salirnos de su sintonía, aunque nos hayan enseñado que eso es descortés.

¿Sabían que la gente deja de quejarse cuando nos rehusamos a compadecerla? Se van al rato. En ese momento, podemos decir: “Gracias por irte. Ahora, tal vez pueda ayudarte con tu problema y ofrecerte un verdadero apoyo”. Algunos de ustedes se estarán diciendo: “Pero si hago eso, perderé a mis amigos. ¡De lo único que hemos hablado siempre es de lo terrible de su situación!”. Eso es cierto. Por lo tanto, si quieren hacerle caso a su dicha y salvar el planeta, tienen que dejar ir a esos amigos.

En realidad, nadie se ha perdido jamás, así que es una tontería preocuparse por la pérdida de gente negativa en nuestras vidas. Cuando esas personas nos telefonean para pedir compasión, nos sentimos tentados a decir: “¡Ay! Pero yo no quiero herir tus sentimientos!”. ¡Por favor, hieran sentimientos! ¿O es que quieren repetir curso simplemente porque no quieren herir sentimientos? ¡No vale la pena! Y ellos seguirán llamando, hasta que les digamos: “Lo siento, pero no tengo tiempo para la miseria. Ya no creo en el drama. Es algo que no se acomoda en mi vida, y yo estoy demasiado ocupado haciéndole caso a mi dicha”.

 

Podemos aceptar el fin del drama

Todos hemos experimentado vidas estresantes y sucesos traumáticos. Para crecer espiritualmente, tenemos que aceptar el hecho de que los tiempos difíciles deben acabar. Algunos ni siquiera saben cómo actuar cuando las cosas van demasiado bien. “¿Quieres decir que de verdad puedo hacer lo que se me antoje para siempre? Y, entonces, ¿ahora, qué voy a hacer?”. Tómense unos minutos para repasar lo que han estado estudiando y para lo que se han venido capacitando a lo largo de sus últimas quinientas vidas. Existe una función creativa, sanadora, satisfactoria, para la que ustedes están mejor preparados que cualquier otro en la tierra. Pero aquí estamos hablando de entrenamiento kármico, tal como ha ocurrido por el lapso de unas mil vidas. Ahora, se manifiesta como conocimiento intuitivo. En lo que respecta al mundo, no es un conocimiento concreto.

Porque sea lo que fuere en lo que seamos realmente buenos es algo intuitivo, no es aprendido. Somos como Beethoven; practicamos, pero nuestro don no lo poseemos por ir a la escuela de música. Al parecer, invariablemente, nuestra experticia kármica reside en un campo que nuestros padres alegan que no vale la pena. “Lo que deberías ser es un doctor”. “¡Pero, papá, yo quiero tocar la guitarra!”. “Eso no es responsable, hijo; debes ser un doctor”. Y si resultara el caso de que usted fuera la reencarnación de Andrés Segovia y no lo dejaran tocar la guitarra, sería un ser muy desdichado. Uno tiene que hacer lo que tiene que hacer. Pero, tranquilos, la conciencia del planeta está cambiando tan rápido que cada vez es más fácil hacerle caso a nuestra dicha.

Una manera de descubrir nuestro sendero particular de vida es practicar durante varios días la sensación de dicha. Pregúntense cada mañana: “¿Qué es lo que más deseo hoy y qué me haría realmente feliz?”. Su dicha no es algo escrito en piedra, que Dios le entrega cuando le llega el turno. El universo tampoco nos entrega un manual con instrucciones de nuestra dicha para darle un giro de 180 grados a nuestra vida. No nos arrancará de nuestro hogar para llevarnos a otra ciudad y llamarnos sirvientes de Dios. No será así, nunca. Nuestra dicha es algo hacia lo que nos abrimos paso por nuestra decisión de renunciar a los “deberías” y “tendrías” de la vida. Lo que queda cuando nos despojamos de todo eso es la dicha.

Seguir al corazón es un paso muy arriesgado para la mayoría, pero es la única forma de penetrar y expresar el genio creativo. Aquellos registrados en nuestros libros como artistas, inventores y músicos fueron todos rebeldes desadaptados. Fueron los que optaron por hacerle caso a su dicha en lugar de hacer lo que sus padres querían para ellos.

La única manera de liberar el planeta es liberarnos nosotros primero, haciéndole caso a nuestro deseo. Escuchemos los deseos de nuestro corazón y descartemos las enseñanzas de nuestras figuras de autoridad y del resto de la sociedad. Recuerden también que la sociedad ha declarado que no podemos ser doctores sin un título que lo compruebe. Si eso fuera verdad, Jesús habría quedado viendo un chispero. Técnicamente, nunca estuvo calificado para curar a nadie, pero le hizo caso a su dicha.

¿Recuerda el bloc amarillo? Tómese su tiempo para incluir en la lista del primer bloc todo aquello que siempre ha querido hacer. Enumere todo lo que piensa que puede hacerlo feliz, todos sus caprichos, antes de que la mente racional salte a explicarle por qué no se puede. “Me encantaría ser un artista”, pero el ego dice: “¡Si no sabes pintar! ¡No has estudiado y ni siquiera puedes diferenciar una acuarela de un acrílico!”. Ahórrense esos comentarios para el segundo bloc.

En ese segundo bloc, escribirán todos los motivos por los que no pueden hacerle caso a su dicha. Todos los “deberías” y “tendrías” que expusieron los padres y profesores vendrán a la mente. Anoten todas las razones que les dieron. Escriban hasta que sientan que completaron ambas listas. Cuando relean la segunda, recordarán el miserable estado de ser en el que moran sus figuras de autoridad. Entonces, quemen en la fogata ese segundo bloc. Sólo quedará la dicha.

Cuando somos novatos en hacer caso de nuestra dicha, nos preguntamos muchas veces si verdaderamente la hemos encontrado o si estamos dejando que la motivación del temor se cuele. Hay una manera muy sencilla de saberlo. Cuando seguimos al ego, toda situación se vuelve tremendamente compleja. Ése es un recordatorio de que debemos dar marcha atrás, desacelerar, respirar profundo y buscar la luz. Y la presión cede. Puede ser coser, trepar un árbol, lavar la loza o escribir programas de computador.

No hay una sola persona en el planeta que no pueda recordar el estado atemporal. La complejidad siempre contradice nuestra dicha porque nos quiere convencer de que lo que hemos estado haciendo es demasiado importante como para abandonarlo e irnos a sentar junto al lago. Ahí es cuando sabemos que necesitamos desesperadamente tomarnos un tiempo e irnos al lago. Es darle un vuelco total al viejo modo de hacer las cosas, que requiere una confianza y una fe absolutas en el universo. Repasen mentalmente su situación ahora: “Bueno, ya sabes que siempre he querido hacer eso… pero… mi excusa era…”. Comprométanse a permitirle al universo mostrarles cómo ir ahora en otra dirección. Dejen fluir su creatividad. Su inspiración contribuirá más de lo que se alcanzan a imaginar a la evolución de la humanidad cuando empiecen a vivir la vida en sus propios términos.

 

Hacedores de patrones… ¡hagan su trabajo!

Oír a Peter Nero tocar el piano con la Orquesta Filarmónica de Tulsa fue para mí una gran experiencia. (Un amigo me había regalado boletos de platea.) Al poco rato de haber iniciado la pieza, Peter comenzó a apartarse del libreto, improvisando como un loco. El director permanecía ahí, con una sonrisa tonta, aguardando a que volviera al pentagrama de papel, pero él siguió interpretando una música magnífica, que nunca había tocado antes. Mientras el público lo animaba a seguir, vi un cuerno de abundancia que irradiaba desde la parte posterior de su chakra del corazón y se extendía hacia el cielo. Toda esta música se vertía en el cuerno e inundaba su cuerpo. Nero no tenía idea de dónde provenía, y si se hubiese detenido a averiguarlo, el programa habría acabado en ese mismo instante. Yo me sentía transfigurado y, al mismo tiempo, capté la idea de que en su casa había un escape en el inodoro. ¿Le importaría? Claro que no; él no tenía tiempo de quedarse en casa reparando la avería porque tenía que tocar. Estaba en el flujo, viviendo conscientemente, siguiendo el deseo de su corazón. Cuando la dicha llegue, “sólo hazlo”.

¿Qué norma establecerían ustedes para el resto del planeta? ¿Qué los pondrían a hacer en este mismo momento? Ya saben que la mayoría de la gente no cree tener la libertad de hacer lo que se le antoje, pero ustedes sí comprenden el sistema. Nunca pierdan de vista lo que son y que, en lo que respecta al universo, ustedes son los normales. El universo está repleto de gente divina, para quienes lo ilimitado es una forma simple de vivir. Solamente en la escuela tierra la gente cree que lo normal es luchar. Ustedes han venido para ayudar a los demás a superar ese sistema de creencias. Cuando el esfuerzo se acaba, lo único que queda es la diversión. Es así de sencillo. Nadie fue más sencillo que el Buda, que se reía todo el tiempo. Él hizo posible que otras entidades alcanzaran la iluminación, simplemente porque disfrutaba la suya.

Ahora, su trabajo es divertirse. Eso es lo que todos los maestros han intentado hacer entender a la gente, para que al fin sean libres. El propósito de toda actividad en la vida es el disfrute. Incidentalmente, eso es paralelo a la salvación del planeta. Si uno está en éxtasis, ¿quién va a recoger la basura? ¡Todo el mundo! Y no se requiere la presencia física para transmitirlo todo, ya que estamos conectados telepáticamente. Si sólo hacemos eso, que, en realidad, es lo más divertido, generaremos inventos, despertares, inspiración y sanaciones. ¡El planeta estará tan cargado que ya no habrá manera de detenerlo y estallará en luz! Pero eso solamente ocurrirá cuando tomen la decisión de hacerle caso a su dicha. Benditos aquellos que ya no piden permiso para ser quienes son, porque son los salvadores del planeta. Y así es como es en realidad.