NO HAY TIEMPO PARA EL KARMA
Cómo abandonar la rueda del dolor y del esfuerzo
PAXTON ROBEY© Y LA COLABORACIÓN DE LONE JENSEN

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CAPÍTULO 1
LA ESCUELA TIERRA

Éste es el primer capítulo de “No hay tiempo para el karma”. El libro ofrece ideas sobre la libertad personal, de cómo acabar con la lucha, habla de la reencarnación, la metafísica, canalización, sanación y mucho más.

Antes de que esos mágicos momentos llegaran a nosotros, esos intrigantes y emocionantes momentos de nuestro primer encuentro con lo sobrenatural, o aquellos terribles, en los que nos sentimos despojados hasta de la última pizca del control que creíamos ejercer sobre la vida, teníamos una visión diferente.

El estado de vida “normal” que todos heredamos por nuestra crianza es el de tratar de mantenernos a flote. En ocasiones, nos encontramos flotando en una balsa bajo el sol de verano, pero la mayoría de las veces nadamos desesperadamente, nos sentimos exhaustos y sólo queremos que el entrenador nos anuncie un receso.

El habitante típico de este planeta observa miles de sucesos, al parecer no relacionados entre sí, fortuitos, descoordinados, impredecibles y accidentales. Puesto que el siguiente momento o día es imprevisible, uno debe permanecer en guardia. Y no importa cuán adiestrada esté una persona para jugar un juego tan desparejo, la vida generalmente nos esconde trampas en el sendero, obligándonos a retirarnos o reorganizarnos, o rendirnos y salirnos del juego. Tan inestable es nuestro paso, que los más listos usan cinturón de seguridad y compran seguros.

Quienes vivimos en este planeta, por lo general, no tenemos el tiempo o la inclinación para buscar el conocimiento relacionado con cosas distintas a progresar y sobrevivir o a manipular el mundo que nos rodea. Las instituciones, universidades y corporaciones a las que la sociedad rinde tributo no tienen un currículo relacionado a cuestiones tan poco prácticas como lo eterno o los milagros.

No obstante, tarde o temprano, y aparentemente de manera inconexa con nuestra vida “normal”, el universo empieza a mostrarse tras nuestra miope visión de la vida y nos revela un mundo diferente. Sólo después de miles de vidas en este planeta, y quizá más en otras escuelas, comenzamos a percibir una conexión entre causa y efecto y aumenta nuestra conciencia de que la realidad visible no es la única. Entendemos que hay preguntas que nuestro intelecto es incapaz de responder, al menos en su estado actual de desarrollo, y la intuición se vuelve una parte más importante de nuestra toma de decisiones.

Eventualmente, lo anterior le es revelado a todo buscador cuando comprende que la tierra es una escuela, semejante a las escuelas que conocemos, con profesores y estudiantes, junta escolar, conserjes, asociación de padres, los que pierden tercer grado sin parar hasta que un maestro condescendiente los pasa, y los que se saltan grados. También tiene graduaciones y ceremonias en las que vestimos de toga y birrete y marchamos por la alfombra de la Pompa y la Circunstancia hacia otro dominio de la realidad cósmica.

En cada vida sucesiva, después de haber cruzado el punto crucial del despertar para llegar al de nunca más sentirnos satisfechos con lo que la vida terrenal tiene para ofrecernos, empezamos a entender más y más “el gran cuadro”. Hasta que, un día, vemos y aceptamos totalmente la utilidad, la justicia y la asombrosa rapidez de esta escuela terrestre. Los verdaderos maestros alcanzan un nivel de comprensión compasiva para entender que aquellos que se fían de los cinco sentidos para obtener información tienen la certeza de que la vida está plagada de daños, injusticias, dolor y esfuerzos, existen otros sentidos para ver y otras interpretaciones que hacer.

Hace muchos años, yo atravesaba por una de las tantas fases de mi vida, la de Buda, y me encontraba leyendo varios libros sobre la vida de este maestro. Uno de los libros relataba la historia que me dio mucho en qué pensar. Tal parece que Buda tenía un discípulo adolescente, que todos los días llegaba a pasar un rato con el maestro. Un día, su pueblo entró en guerra con otro pueblo vecino, y el joven fue llamado a defender su hogar. La batalla escaló y había animales y amigos heridos y muertos por todo el campo; la sangre y la muerte eran la orden del día. El discípulo se paralizó con el miedo. En su desesperación, clamó: “¡Buda, sálvame!”. Al oírlo en su corazón, Buda apareció en una esquina del campo y, radiante, empezó a caminar, atravesando la zona de guerra. Su rostro reflejaba la paz y la belleza usuales en él. Cuando llegó al lado del muchacho, con una sonrisa lo tranquilizó, y lo sostuvo hasta que recuperó la compostura.

En el contexto de mi comprensión de las realidades de la vida, no tuve más opción que declarar a Buda un monstruo insensible y sin compasión. Mi comprensión me decía que las batallas eran reales, que se estaba haciendo daño, que se estaban perdiendo vidas y se estaba experimentando mucho dolor. Si Buda hubiese tenido la misma apreciación, seguramente se habría angustiado y habría usado sus influencias como autoridad local para detener la guerra y convencer a esta gente de que sus actos eran contrarios a la voluntad divina. Pero no lo hizo. De hecho, jamás resistió el mal en forma alguna. Y seguro que Jesús tampoco hablaba en serio cuando dijo. “No resistáis el mal”.

Como habrán adivinado, no era Buda el que tenía mucho que aprender, sino yo. Ya estaba listo para que me mostraran lo que de verdad estaba sucediendo con este planeta, no sólo la apariencia.

 

¿Por qué la vida? Observemos el panorama completo

La vida fuera de esta escuela siempre ha existido. Los quince mil millones de años que hemos experimentado desde el big bang y los quince mil millones de años que aún nos quedan antes de que el universo colapse sobre sí mismo no son sino un grano de arena comparado con la visión verdaderamente global.

Estamos tan habituados a depender de los cinco sentidos para identificar lo real que nos olvidamos de que el planeta tierra es un aula de clases: tan sólo un aula en un universo con millones de ellas. La verdad es que si la tierra es apenas una minúscula parte aun de nuestro universo visible, es inconcebible la realidad de los universos invisibles.

Cuando existimos fuera de los dominios del tiempo y del espacio, todos somos aspectos de Dios iguales, completamente realizados e individualizados, y poseemos una comprensión inherente y total de Dios y de todas sus creaciones. Pero tal parece que mientras transitamos la tierra, temporalmente al menos, olvidamos nuestra unidad con Dios. Es interesante, sin embargo, anotar que con frecuencia y sutilmente, reconocemos la creencia, profundamente asentada, de que todo el conocimiento reside en nuestro interior. ¿Cuántas veces hacemos referencia a nuestro “ser superior” o “espíritu” como el dueño de las respuestas? ¿Y adónde nos dirigimos para encontrar a este “ser superior” o “espíritu”? A nuestro interior o al silencio. Esto demuestra que sí poseemos todas las respuestas.

Mientras tanto, no obstante, en nuestro estado de amnesia consciente, intentamos entender el universo y nuestro lugar en él. Usamos todos los medios a nuestro alcance para tratar de manejar nuestras relaciones, la falta de prosperidad y la crisis que se cierne sobre el planeta.

Para ayudarnos a elaborar un modelo filosófico o metafísico que arroje alguna luz en lo que llamamos realidad, tendré que valerme de parábolas aclaratorias. Una muy útil para mí es aquella en la que veo el crecimiento espiritual como parte de la experiencia de la escuela primaria.

El inglés no es una lengua espiritual, puesto que fue creada para impulsar la economía y el comercio. Por consiguiente, no contiene palabras para describir el tipo de cosas que queremos tratar aquí. Si no tenemos las palabras exactas, debemos usar metáforas, dejando que cada cual interprete a su manera. Juguemos, entonces, con nuestra analogía de la escuela.

 

La tierra, una escuela rápida

Cuando nos detenemos a pensar en lo que la tierra tiene para enseñarnos, descubrimos que es, más bien, una escuela elemental. Las personas apenas están aprendiendo a sentirse bien consigo mismas y a amarse entre sí. Quién sabe cuántos cursos tenemos que hacer antes de poder sostener la imagen de “una familia por tierra”.

En términos del tiempo lineal, no estamos ciertos de cuánto nos toma completar esta “escuela terrestre”, pues la graduación de las almas que han ingresado al sistema aún no llega al 50%. Pero, en promedio, podemos estimar que se requieren cien millones de años de evolución para graduarse. Algunos hemos declarado con orgullo que somos almas viejas, pero cuando vemos el sistema como una escuela, eso sólo significa que somos aprendices lentos.

En realidad, no podemos entender a cabalidad que este sistema es justo y que funciona a la perfección hasta que vemos al planeta como una escuela, con un grandioso plan de enseñanza. Esta escuela cuenta con profesores especialmente entrenados y se rige por un horario bien definido. Cada persona sobre la tierra está en el grado correspondiente a su nivel personal de comprensión espiritual. Y tal como en las escuelas públicas del mundo, cada hora del día escolar ha sido planeado y estructurado para la experiencia de aprendizaje de cada estudiante. Lo cierto es que, por inverosímil que parezca, no hay un solo suceso en la vida de una persona (un día de escuela) que sea fortuito o accidental. Hay tiempo para todo: el estudio, los exámenes, el recreo y las vacaciones. Hasta hay tiempo en nuestras vidas para cambiar de grado porque éste es un sistema en el que todos evolucionamos.

Toda entidad que haya entrado a la tierra lo ha hecho por una razón solamente: para agilizar el curso. Esta escuela ofrece un camino muy rápido para despertar, generalmente a través del proceso del dolor y el esfuerzo. La gente aprende más en un ciclo de 80 años en la tierra que en diez mil años en una de las escuelas más placenteras y suaves del universo. La blandura puede ser un impedimento para los estudiantes impacientes. ¿Qué dice la gente cuando todo en su vida marcha a la perfección y se siente maravillosamente? “Deja todo en mis manos, Dios. Todo está bajo control. Creo que me sentaré en el sofá a ver televisión”. Y, por otro lado, ¿cuándo piden ayuda? ¿Cuándo dicen: “creo que debo entender cómo funciona este sistema; necesito un libro que hable de prosperidad y de sanación; quiero entender, ¡quiero ser un maestro!”? Eso sólo lo hacemos cuando sentimos dolor. ¿Ven cómo es útil el dolor? No obstante, algunos alumnos siguen prefiriendo evitar los cursos difíciles y gastar miles de vidas en el mismo grado. Les dicen a sus consejeros: “OK, tomaré este curso fácil, pero este otro parece complicado. Quiero algo más sencillo, con un profesor que no me ponga exámenes de álgebra. Y no quiero tener que presentar exámenes finales”. La gente pide este tipo de programas con mucha frecuencia.

También están las entidades impacientes que se paran en la puerta de esta escuela y dicen: “Lo siento. El programa que me diseñaron está muy bonito, pero se parece mucho al de la última vez y al de la penúltima. Es más, parece que lo hubieran fotocopiado. No, yo no tengo tiempo para desperdiciar en otras diez mil vidas. Quiero obligarme a estar enfocado en el espíritu y no quiero distraerme otra vez por dinero o las cuotas de la casa o juzgando a los demás. Ya he hecho eso en muchas vidas, tanto, que me volví experto. Siempre me convierto en el presidente del club; ya sé que puedo hacerlo. ¿Será que esta vez, sólo ésta, si me lo permiten, puedo tener cáncer? ¿Puedo tener un hijo con leucemia? Quiero sentirme forzado a decir ‘¿por qué, Dios?, por qué, Dios?’ No quiero seguir perdiendo el tiempo. ¿No será posible completar todo el currículo en tres vidas más? Aceptaré el sida y el cáncer, tomaré la guerra, lo que me quieran dar, pero dénmelo. Les pagaré hasta con mi último centavo. Mis amigos ya todos se graduaron y son eternamente felices. Están montando en las montañas rusas del Sistema Nirvana; los puedo ver, pero no puedo llegar hasta ellos. Por favor, denme un poquito de dolor para poder despertar. ¿Y me harían un favor más? Cuando baje allá, ¿me pondrían de rodillas y contra la pared cada vez que olvide pedir ayuda al universo y cada vez que se nuble mi visión? Se los agradecería. Cuando esta vida llegue a su fin, quiero saber que progresé tanto como en mis otras cinco mil encarnaciones juntas. ¡Ya me harté de este juego!”.

Todo el que se matricula en esta escuela tiene un contrato previo con la tierra. El hecho de que al encarnar olviden las lecciones que iban a tomar es irrelevante. Todos escogemos a nuestros profesores, nuestros marcos de tiempo y nuestras influencias. Los sucesos que escogemos como nuestros motivadores más efectivos no son trágicos. El drama es un ingrediente cuidadosamente articulado en la rápida elevación de las almas de un nivel a otro, y sólo es permitido a las entidades que así lo piden, debido a su impaciencia por seguir adelante. El drama no es un accidente ni un error. No significa que el universo sea hostil o que no haya un Dios. Simplemente, es una herramienta de aprendizaje que, a propósito, es más útil en los grados inferiores de la escuela terrestre y no se la requiere en los superiores.

Hay que entender que para un ser completamente despierto, el drama es una anormalidad del universo y una irregularidad en la vibración de la energía crística normal. Leucemia, violación, cáncer, asesinato, contaminación, abuso infantil y guerra no son estados naturales de ser en este universo, y si bien es cierto que pueden ser muy útiles, llega el momento en que nos sentimos hasta la coronilla. Ese tiempo es la era de Acuario, la única de las doce eras donde puede haber un aprendizaje exitoso y rápido, que se realiza en un ambiente donde no hay dolor ni esfuerzo.

 

El mayor espectáculo de la tierra

Si somos seres humanos “normales”, entonces, creemos que el tiempo-espacio tridimensional es todo lo que existe (o por lo menos es en lo que nos enfocamos el 90% del tiempo). Para que la escuela sea efectiva, tenemos que creer que es real. No aprenderíamos nada en este planeta si supiéramos que es una ilusión. No prestaríamos atención en clase ni haríamos las tareas y, por eso, no nos enteramos de que se trata de una película de entrenamiento audiovisual hasta que finalizamos el grado 12 y la visión global se revela ante nosotros. Ahí es donde descubrimos que el sistema escolar era útil, pero no real. Todos somos maestros de la ilusión y para poder graduarnos debemos entender este concepto.

Afortunadamente, nuestra sociedad nos ofrece una analogía práctica, diseñada para que captemos la diferencia entre ilusión y realidad. Con nuestra increíble tecnología hemos creado teatros con grandes pantallas, sonido cuadrafónico y varios proyectores simultáneos. Ahora, repasemos nuestra mentalidad de teatro, que todos tenemos y con la que estamos familiarizados. Vamos a ver “Rambo” o “Alerta máxima” y miramos los ríos de sangre y los intestinos desparramados por toda la pantalla. Escuchamos los gritos con nuestros oídos. Exigimos que el terror sea perfecto. Si alguien del público habla, nos enojamos porque está alterando el estado de ánimo general. ¿Qué ocurre cuando el proyector no funciona bien, si no hay suficiente oscuridad, si el sonido falla? ¿Si todo alrededor no hubiera sido creado para producir una respuesta fisiológica total de pánico severo, en el que el corazón late aceleradamente y las manos nos sudan? ¿Qué pasa si no estamos completamente inmersos en esta simulación? Exigiríamos que nos devolvieran nuestro dinero.

Los individuos que tienen algún deseo de experimentar paz no van a ver este tipo de filmes, pero, en esencia, ninguno de nosotros es un amante de la paz. Somos aventureros, muy interesados en la simulación. Por eso es que creamos la tierra y el sistema solar, en primer lugar. Estamos demasiado ansiosos de ir a cine y pagar un boleto para aterrorizarnos. Luego, tenemos la audacia de decir que jamás habríamos escogido el drama para nuestras vidas. Tengan la seguridad de que sí lo hicieron. No sólo elegimos una encarnación idéntica a la que se exhibe en la pantalla, sino que pagamos la matrícula para poder entrar en esta escuela, y si alguien intenta señalar que todo es una ilusión, nos sentimos ofendidos.

¿Qué sucede si estamos en cine y aumenta el nerviosismo, los tanques vienen bajando por las colinas y los buenos están atrincherados y justo cuando se va a iniciar la batalla, alguien se para y dice: “No se preocupen, todo es una ilusión”? ¿Acaso respondemos “sí, es verdad” o gritamos “¡siéntese y cállese! ¡llamen al ujier para que saque a este tipo! ¡No queremos que nos arruine la ilusión porque la estamos pasando de lo mejor!”? ¿Qué hacemos si ese mismo tipo camina hacia nosotros después de que estrellamos el auto y nos recuerda que todo es una ilusión? Pero la vida es justo como la película.

Si la tecnología puede hacernos creer durante un par de horas seguidas que lo que experimentamos es real, ¿cómo será la tecnología universal? ¿Sabían que Dios tiene mejores trucos fotográficos que Hollywood? ¿Es este planeta sólo un holograma tridimensional con sonido cuadrafónico que se despliega dentro de nuestros párpados o es real? ¿Cuándo saldrán los créditos? ¿Se encenderán las luces? Cuando se encienden, ¿cuántos de nosotros encuentran que hay sangre en la pantalla? ¿Cuántas veces han muerto los actores? Ya sabemos que no salieron heridos porque lo habríamos oído en las noticias. “Veinticinco actores muertos en el Corral OK”. No murieron: se fueron a protagonizar otras películas. Todos nosotros hemos muerto miles de veces y, francamente, nos importa un comino. En un sentido cósmico de largo plazo, nos importa un comino la tragedia. Sin embargo, mientras veíamos la película, alcanzamos a juntar ira y resentimiento suficientes como para querer subirnos a la pantalla y matar a los malos.

Este sistema escolar funciona exactamente como el de Hollywood. La tierra es una ilusión bien planeada y técnicamente correcta. Ha sido creada con tal perfección que creemos que la película comienza al principio y se acaba al final. Creemos que el tiempo es lineal y ni siquiera nos damos cuenta de que toda la cinta se filmó fuera de secuencia. Si pudiéramos asistir a la edición, no nos molestaríamos en comprar el boleto de entrada.

Ahora, si la gente está dispuesta a pagar por una película como Rambo, ¿cuánto creen que tienen que pagar por un drama de toda una vida? Es algo muy costoso, pero también lo pagan gustosamente, ya que los consejeros de los primíparos les han hablado acerca de esta escuela y de los niveles que pueden ascender para lograr más libertad y una mayor capacidad de comprensión. Decidieron que querían matricularse en la escuela terrestre porque consideraron el drama un poderoso motivador del crecimiento espiritual.

 

¿Es Dios demasiado bueno para ser verdad?

Algo difícil de entender inicialmente para los buscadores es que Dios no permite errores. Dios es Amor y el Amor no es consistente con el error o la equivocación. En los próximos capítulos hablaré más al respecto pero, por ahora, traten de guardar en su clóset mental sus creencias y juicios sobre los errores que se cometen en este planeta. Si, al terminar este libro, deciden seguir creyendo que Dios permite errores en la tierra, pueden buscar en el clóset y verán que sus creencias siguen intactas, y no se habrá hecho daño.

Ram Dass recuerda a su gurú hablando de las personas que están muriendo de hambre. Con lágrimas en sus ojos, le dijo a Ram Dass: “¿No ves lo perfecto que es todo?”. Es perfecto y también apesta. En cualquier caso, hay mucho más andando aquí de lo que podemos entender con nuestra mente actual. Hagamos lo siguiente. Dejando a un lado nuestras creencias de un Dios que carece de poder para evitar el error, pensemos en un concepto de mayor poder, más “empoderador” (y más amoroso). Cada grado de esta escuela es esencial y las cosas que los estudiantes de cada uno de ellos hacen son las más apropiadas para ellos. Las naciones árabes tienen que estar peleando justo como lo están haciendo, y los aborígenes y los ejecutivos de Wall Street hacen lo suyo porque están en cursos donde les ponen esas tareas. Si usted desea ser de ayuda como profesor de los estudiantes de cuarto grado, debe entender la dinámica de ese grado. El currículo de cuarto en el planeta contiene muchas lecciones relacionadas con sentirse separado de Dios y del resto de la humanidad. En cuarto grado, nos enfrentamos con individuos o grupos, en un intento por probar que nosotros tenemos la razón y ellos son los ignorantes. Hasta los eliminamos, a nivel individual o nacional, si es necesario. Pero eso no es un error: así es el cuarto grado.

Claro está que usted decidió desde hace rato que ya no quería seguir en cuarto grado. Quizás hasta decidió que ni siquiera quería ser profesor de cuarto grado. Cuando un individuo siente la necesidad urgente de no seguir tratando de salvar a gente que no puede comprender el valor de las maneras espirituales de hacer las cosas, surge un conflicto interno. Con frecuencia, creemos que es nuestro “deber” salvar a nuestra familia y amigos o enderezar los entuertos del mundo, aunque nos desgastemos en el intento. Pero hay otra forma, y mejor: la que nos enseñaron los maestros. Es una forma de traer salvación a la familia, a los amigos y al planeta y que no conlleva estrés. Es divertida, emocionante, edificante, energizante y auto-empoderadora.

 

Nosotros mismos escogemos a nuestros profesores: figuras de autoridad o maestros

En este sistema escolar hay dos grupos diferentes de educadores: los que han caminado sobre las aguas, levantado muertos y vivido en paz y seguridad, y los que lo han hecho todo según las reglas del mundo. El segundo grupo siempre ha tratado de tener la “razón”. Se mueren de enfermedades relacionadas con el estrés, dejando la culpa y la frustración como legado. A los del primer grupo se los conoce como los maestros, como Jesús, Buda, Krishna y cientos de otros menos conocidos pero que también han despertado. Los maestros viven la vida basada en un contexto espiritual, dejando a un lado la mayor parte de la influencia del ego. El segundo grupo tiende a depender de su intelecto y del “buen juicio” al decidir, en lugar de depender del espíritu; a éstos los llamo figuras de autoridad. Ustedes los conocen: son los que los criaron, los educaron, los adiestraron, los moldearon y les impusieron su sistema de creencias “correcto”.

Los seres humanos tenemos la costumbre de excluir de nuestra definición de la realidad todo aquello que no esté dentro de nuestro campo de percepción. La vida diaria ocupa tanto nuestra atención que, después de unos años de ser adultos responsables, perdemos la capacidad de percibir y enfocarnos en todo lo que no sea evidente.

Cuando éramos niños, aún no nos habían enseñado que era tonto creer en realidades ilimitadas. Todo es posible para las mentes jóvenes; la limitación, la pesadez, la restricción, la responsabilidad, la culpa, lo que se exige y se debe hacer y las duras y frías realidades de la vida son rasgos aprendidos. Estas incómodas creencias son las que nos enseñan a todos las figuras de autoridad.

Las figuras de autoridad tienen la perspectiva del adulto maduro y responsable, educado en este mundo. Eso quiere decir que las cosas que son reales y verdaderas para ellos son aquellas que pueden observarse a través de los cinco sentidos. Los seres inteligentes de este planeta son observadores: toman la información a través de los ojos, los oídos, etc., y la almacenan en sus bancos de datos mentales. La información se obtiene de la experiencia directa o por cuenta ajena, a través de los libros, por ejemplo. Así, cuando requieren actuar en sus vidas, buscan entre los datos almacenados hasta que logran determinar la solución más ventajosa para su caso. Por consiguiente, todas las soluciones son, de hecho, repeticiones del pasado. Debido a la repetida aplicación del proceso, algunos individuos se vuelven expertos y se convierten en buenas figuras de autoridad. Y lentamente, muy lentamente, al parecer, la tierra va progresando. Todavía no hemos acabado con la guerra ni la inhumanidad del hombre contra el hombre, pero sí parece que, de cuando en cuando, algunas mejoras se sostienen.

Las figuras de autoridad en nuestras vidas aprendieron de la vida en la escuela de los golpes duros y en las escuelas de los intelectuales. Estas figuras de autoridad nos enseñan los hechos de la vida, lo difícil que es salir adelante. Nos enseñan a ser agresivos o ponernos a la defensiva, según la situación, y sobre la ética en el trabajo y las desigualdades e injusticias de los sistemas económicos, políticos, sociales y empresariales, que escapan a nuestro control. Aprendimos a salir adelante en la vida, a ser solucionadores de problemas y pensadores críticos. Aprendimos sobre las fallas inherentes del sexo opuesto.

Si uno asume que lo percibido por los cinco sentidos es la realidad, entonces, este enfoque inteligente de la vida es racional. Pero si la presunción es correcta, entonces no puede haber un Dios omnipotente y amoroso. La existencia de un Dios omnipotente y amoroso por un lado, y guerra, leucemia, abuso infantil y hambre, por el otro, son mutuamente excluyentes.

Si estamos tratando de decidir si hacerles caso a las figuras de autoridad del mundo o a los maestros, quizá debamos tomar nota de parte de la mala prensa que suelen recibir las figuras de autoridad (y no estoy hablando de los congresistas). Las figuras de autoridad se reconocen por sus personalidades obstinadas, su comportamiento “tipo A”, los ataques cardiacos y otros males relacionados con el estrés. Hasta se los conoce porque saltan de los edificios cuando la economía u otras situaciones “ajenas a su control” no cumplen sus expectativas.

¿Por qué hemos creído en las figuras de autoridad? ¿Por qué todos los que están leyendo este libro le han comido cuento a sus creencias limitadas? ¿Por qué las enseñanzas de los maestros siempre han ido en contravía de las figuras de autoridad que nos criaron? En contraste con nuestra crianza y nuestra educación, los maestros nos dijeron que deberíamos ser como niños, que no debíamos pensar en el mañana, que debíamos ser confiados como los lirios del campo. Los maestros no nos dijeron que defendiéramos a nuestro país o nuestros empleos o nuestra forma de vida. Un curso de milagros nos dice que no ataquemos ni nos defendamos y que nunca justifiquemos nuestras posiciones ante otros. Más bien, recomienda que en lugar de permanecer en estado de vigilancia respecto a nuestra interacción con otras personas o naciones, mantengamos un estado de paz interior en cada momento.

La perspectiva de los maestros no se fundamenta en la realidad supuestamente objetiva de los cinco sentidos. Los maestros hacen afirmaciones irracionales, como: “Nada de lo que veo significa algo” y “Sólo veo el pasado”. Verdaderamente confusas para las figuras de autoridad son declaraciones como “En mi indefensión reside mi seguridad” y “No resistamos el mal”. Los maestros dicen que si no les dedicamos nuestra energía a las apariencias del mal y la injusticia en la tierra, terminaremos cumpliendo los mismos objetivos perseguidos por las figuras de autoridad más adelantadas. Objetivos como sanarnos a nosotros mismos y al planeta, paz en la tierra y la regeneración de un jardín del Edén verde y ecológicamente perfecto. No obstante, los maestros señalan que no hay manera de crear paz mediante el uso de la resistencia (o corrección). Señalan que es absolutamente fútil intentar sanar a alguien si no nos hemos sanado a nosotros mismos. Ellos dicen que no hay nada por fuera de nosotros mismos. Cada declaración de los maestros va en contra del pensamiento racional de las figuras de autoridad. Nuestro sistema educativo occidental le ha concedido un enorme valor a la capacidad intelectual de analizar y racionalizar y mejorar nuestro planeta mediante la corrección de las insuficiencias de los diversos sistemas socioeconómicos. Un curso de milagros dice, sencillamente, que todo análisis es del ego. Dice que las correcciones le corresponden al Espíritu Santo y no a la humanidad.

¿Debemos preocuparnos por nuestros amados y nuestro planeta o mejor deberíamos tener paz mental? ¿Qué es más útil? ¿Debemos corregir equivocaciones e injusticias o dejarlo todo al Espíritu Santo? ¿Ser activistas o pacifistas? ¿O están en lo cierto quienes dicen que Dios trabaja a través de nosotros y que, entonces, cuando pretendemos corregir los males del mundo, en realidad estamos haciendo un trabajo divino (quizá manifestando la justificada indignación de Dios)?

¿Quiénes tienen la razón: las figuras de autoridad o los maestros? La respuesta podría sorprenderlos: ambos la tienen (bueno, la verdad es que no hay ni bien ni mal, pero allá llegaremos más adelante). La diferencia es de perspectiva. Este libro explora la validez de las palabras de los maestros. Este libro observa la posibilidad de que sólo el camino de los maestros pueda conseguir para nosotros y para el planeta la curación que tanto ansiamos.

La senda de la figura de autoridad es muy útil para el crecimiento del alma, pero es dolorosamente lenta. Este camino se llama karma. En cambio, el que nos enseñan los maestros nos confiere el poder a nosotros, es divertido, iluminador y, lo mejor de todo, rápido. Si está cansado de las relaciones que no son divertidas, de limitaciones monetarias y físicas nada divertidas, entonces, quizá quiera declarar que usted no tiene tiempo para el karma. Para poder desechar el modo kármico y pasar directamente a la alegría, la diversión, la emoción y la paz interior, debemos seguir el consejo de Salomón: “Con todo lo que poseas, adquiere el entendimiento”.

 

Cómo está estructurada la Escuela Tierra

Primero, entendamos por qué existe la vida en la tierra. Entendamos que la tierra es una escuela. Si entendemos la visión global de una vida eterna, tendremos el conocimiento suficiente para crear el cielo en la tierra. Imaginemos que ya no hay presión, que no tenemos que luchar, que no hay más situaciones en contra.

Todo lo que hemos deseado es nuestro cuando conseguimos entender cómo funciona este sistema, cuando optamos por no seguir más las enseñanzas de las figuras de autoridad, cuando elegimos estar “en el mundo pero no ser del mundo”. Todos podemos convertirnos en maestros.

A escala de la evolución planetaria, el 90% de los individuos encarnados hoy en la tierra se encuentran en los grados inferiores y, espiritualmente hablando, vagan en la oscuridad. No tienen la más mínima idea de la causa y el efecto o del proceso de creación de sus propias realidades, y se creen víctimas de todo. Si la experiencia les ha enseñado a ser avispados, tal vez reconozcan su capacidad de manipular un poquito las situaciones, pero de ninguna manera creerían que tienen el poder de controlar circunstancias imprevistas. Y, con toda seguridad, nunca se les ha ocurrido que ellos mismos crearon sus situaciones con propósitos educativos específicos. Todavía no entienden  que están conectados a todos los seres humanos del planeta y, en consecuencia, no creen que para ellos sea un error andar por ahí matando gente. Matar gente por una buena causa (por patriotismo o en defensa propia) no daña su comprensión del universo. Cuando cada entidad se percibe como separada, es natural tratar de cuidarse uno mismo y decir que los otros, así como el sistema, son los injustos.

Por ahora, permítanme definir todo lo que esté por debajo del décimo grado como una “conciencia de telenovela”, que equivale al nivel promedio de la conciencia planetaria actual. La mayoría del tiempo en evolución transcurre a este nivel; de hecho, ésta es la parte más larga del camino de vuelta a casa.

Aunque discutir los diferentes niveles del sistema puede dar la sensación de separación, eso no implica que un grado sea superior a otro. Y ya sabemos que ponernos a ver en qué escalón vamos son cosas del ego. Como lo saben todos los profesores escolares, algunos de sus estudiantes terminan con más credenciales y PhD que ellos mismos. Por eso, lo de estar en grados diferentes es una condición temporal.

 

Décimo grado

Para seguir adelante con la parábola, echemos un vistazo a un grupo (o grado) de individuos en la tierra que superan con creces la conciencia promedio. Hay que tener en cuenta, no obstante, que aún no están “iluminados”. Estas personas han pasado ya por todos los grados inferiores hasta llegar al décimo. En este nivel, el énfasis se pone en el cerebro; estos estudiantes son, en esencia, intelectuales. Ocho o diez millones de años de estudio en esta escuela lo vuelven a uno inteligente. Al menos, tenemos algo que mostrar después de tanto tiempo y experiencia. A éstos los llamamos genios. Muchos se desempeñan como economistas, educadores, generales, políticos, y algunos hasta nos recuerdan a nuestros padres. Son muy tercos y difíciles de enseñar, pues ya saben mucho. La única forma de que acepten una lección es que encaje en su patrón predispuesto de explicaciones lógicas.

Las figuras de autoridad que gozan de mayor reconocimiento público en el planeta son las de décimo grado. Puesto que todos son genios, son capaces de dar explicaciones muy confiadas y racionales de por qué es apropiado tener a quinientos mil soldados en Arabia Saudí; ya lo han analizado y tienen todas las respuestas, pero estos personajes también son los que saltan de los edificios cuando el mercado bursátil entra en crisis. En general, son buenas personas y la mayoría ha evolucionado durante millones de años para volverse inteligentes, pero no son necesariamente felices. ¿Conocen a alguien que sea verdaderamente intelectual y feliz? ¡Están demasiado ocupados debatiendo y alegando, como si de veras supieran lo que es la realidad! Si fallan en convencer a otro inteligente de que su punto de vista es el correcto, se dejan llevar por una sensación de pérdida, porque creen que los cinco sentidos son reales. Absorben toda la información a través de estos sentidos y la almacenan en sus bancos de datos, al que recurren cuando necesitan una respuesta. Así, uno de ellos le puede decir a usted por qué debería ser republicano, y el otro le dice que mejor demócrata porque… y ambos tienen razón, con base en la información almacenada en sus bancos de datos. Pero ninguno de ellos cuenta con la millonésima parte del uno por ciento de los datos disponibles en este planeta. ¿Acaso alguien puede tomar la decisión correcta con una información tan limitada?

Los intelectuales disfrutan jugar con sus intelectos: hay cierta emoción en eso, como cuando uno ha dominado una destreza o tiene un juguete nuevo. Pero, a pesar de que pueden divertirse un rato con eso, no hay certeza de que el intelecto les ayude a crear paz interior. Sus mentes siempre están compitiendo y les es muy difícil irse al lago a pescar todo el fin de semana. Saltan cuando les llega una idea y declaran: “¡Tengo una lluvia de ideas! ¡Debo volver a la oficina inmediatamente y trabajar en esto!”. Su vida entera está consumida por el intelecto. El problema con eso es que el universo permanece en un estado de perturbación y cambio; no es lo que era hace una décima de segundo, y todo será obsoleto en el próximo instante. Por lo tanto, tienen que vivir actualizando la información, y aunque esto puede ser un juego agradable por unas cuantas vidas, es un poco más largo que un proceso infinito tratar de alcanzar la iluminación por medio del intelecto. Sin embargo, en todo caso, a la mayoría de los intelectuales no les interesa conseguir la paz interior; no van en pos de la iluminación, y su meta es el conocimiento mundano y la estimulación mental. Muchos encuentran su valor propio al saber que son reconocidos como parte de la elite intelectual del planeta.

Tampoco debemos olvidar jamás que cada individuo de esta escuela, indiferentemente de su nivel de comprensión, contribuye a la liberación del resto de nosotros. ¡Cómo nos asombramos cuando un gran intelectual descubre la cura de una enfermedad paralizante! ¡Cuán agradecidos nos sentimos cuando un ingeniero o científico se inventa un aparato que nos facilita la vida! Emocionados e inspirados cuando cualquiera, sin importar en qué nivel de evolución se halle, supera una limitación o rompe la barrera en la carrera de su vida. A medida que aprendemos, compartimos. A medida que compartimos, crecemos. A medida que crecemos, nos liberamos a nosotros mismos y a la humanidad.

Permítanme decirles que ningún ser humano presente en esta escuela puede evitar convertirse en genio; es parte del territorio. Pero todos cuantos se han embarcado sinceramente en la aventura del despertar ya completaron sus estudios en los “grados inteligentes” hace varias vidas. No nos equivoquemos: usted, como “trabajador de la luz” en este planeta, es inteligente. Ser inteligente es un requisito. Sin embargo, cuando se sienta absorbido por la vorágine de la intelectualidad, haga una pausa y reflexione; aunque puede ser estimulante, no trae paz ni alegría ni una sensación de trascendencia a la experiencia humana.

La intelectualidad se concentra normalmente en los dilemas planetarios e ignora totalmente el mandamiento de “fija tu vista en Dios”. En este punto de su servicio a la humanidad, eso crearía una demora incómoda en la consecución de la paz interna y en la manifestación de las propias capacidades de sanación.

Es justo decir que los alumnos de décimo grado ya han recorrido nueve décimos de su sendero en términos del tiempo lineal, si bien sólo han completado la mitad de los objetivos que terminarán alcanzando en este mundo de dualidad. Han desarrollado sus cerebros izquierdos y usan la mitad de su capacidad para funcionar en la vida. Creen absolutamente que el intelecto es el rey y que, con el tiempo, sabrán tanto que podrán descubrir el verdadero entendimiento bajo algún microscopio o en una reunión política. Poco a poco, quienes han estado trabajando en décimo grado advierten que sus prioridades empiezan a cambiar. En algún punto, se dan cuenta de que la gente no está más dispuesta a hacer lo que se le dice. Aunque saben  qué está “bien” y qué está “mal”, siempre están remando contracorriente, tratando de que el resto del mundo haga las cosas a su manera. Después de vidas y vidas de intentar corregir a las personas, finalmente, deciden que no lo pueden hacer. Al rendirse, sin saberlo, permiten que el universo los lleve al siguiente grado.

 

Undécimo grado

El siguiente grado en el que se matricularán es el de la compasión. Volverán a esta plano de la realidad y se encontrarán como opositores de los intelectuales y políticos que toman decisiones racionales. Así es como funciona el karma, ya saben. Con frecuencia, volvemos acá en forma opuesta a lo que fuimos (quizá sea algo de culpa cósmica, pienso yo). Ahora, trabajarán en su otra mitad del yo, tratando de crear lo que conocemos como equilibrio. Así, los estudiantes de undécimo grado están desarrollando su lado intuitivo y viven toda la vida basados en lo que sienten que es correcto. Son individuos sensibles a los que no les importa si es práctico o no ayudar a alguien o algo. Esto los hace objeto de las críticas del lado lógico del mundo.

Los estudiantes de undécimo grado son los que hacen tonterías, como rehusarse a ir a la guerra. Fueron los chicos de las flores de los años 60, que vivieron en autobuses escolares y creyeron hacer algo importante regalando flores y pintando arco iris en las paredes. Fue una generación completamente ilógica, que  confundió las mentes de los muy tercos intelectuales de la época, que les decían: “Si fueran un poquito responsables, se conseguirían un empleo”. Encontrar un trabajo no es una prioridad para los de undécimo grado, pero sus padres, por lo general, pertenecían a décimo grado y hablaban con gran frustración cuando afirmaban: “Si tan sólo lo hicieras a mi manera y fueras a Harvard y buscaras un buen empleo en una corporación…”. Pero los hijos respondían: “Papi, no tengo tiempo para la universidad; tengo que ir a una manifestación junto al río, donde la gente está arrojando su basura”.

Por consiguiente, los de undécimo grado son aquellos de las grandes causas. Quieren acabar la guerra en el planeta, solucionar cosas como la contaminación, resolver problemas como la indigencia, descubrir una cura holística para el cáncer y alimentar a los hambrientos de África. Se trata de una perspectiva radicalmente diferente a la de la comunidad intelectual, que decía: “Dejémoslos que vayan a la escuela y ya se les ocurrirá la forma de ganarse la vida”. Muy lógica, claro, pero nada compasiva.

Los de undécimo acaban de cambiarse del lado izquierdo al lado derecho del cerebro y, claro, hacen cosas irracionales. Son los que dicen: “Voy a salvar la salamandra”, lo que no tiene nada de racional. “Voy a salvar la selva tropical”, lo que tampoco es racional. Funcionan a partir de lo que sienten por la gente. Es un estado irracional del ser, que suele persistir durante unas cuantas vidas. Los de undécimo están haciendo más por crear una conciencia de familia planetaria que lo que ningún otro grupo ha podido hacer en la tierra. Están avanzando mucho en la creación de conciencia sobre la necesidad de cooperación internacional y ayuda planetaria, pero, en el proceso, se desgastan: sus relaciones se tensionan y les queda muy poco tiempo para la meditación y la paz interior. Siempre están ocupados, ocupados, ocupados.

Miren a todos los ambientalistas del planeta y a aquellos que están tratando de salvarlo todo. La mayoría de la comunidad de la Nueva Era nos dirá que ellos son el epítome de la iluminación terrestre. Insistirán en que aman su trabajo, que son felices y que no es su culpa que escasee el dinero o que el cuerpo les duela. Les encanta jugar con cristales y hacer su labor de sanación, y sentarse a los pies de swami “Cómo-se-llame”, pero se hallan tan concentrados en la tragedia que envuelve a nuestra tierra que no tienen paz, y alegría, muy poca. Viven con el temor de que el planeta se contamine hasta morir y de que las selvas lluviosas desaparezcan. Temen que se acaben los delfines y que la temperatura suba y derrita los casquetes polares.

A medida que crecíamos y nos hacíamos conscientes de que no había nada más allá de lo que el ojo pudiera ver, nos sentimos atraídos por las entidades compasivas porque personificaban la más alta conciencia que podríamos encontrar en el planeta. Nos decíamos: “Tengo que ser uno de ellos. ¡Me voy a unir a su grupo y voy a pelear contra las armas nucleares!”. Y, ciertamente, los de undécimo son la crema y nata de los hijos de la tierra. Así, usted y yo acabamos de graduarnos de décimo, de superar sus costumbres, y somos verdaderamente buenos en nuestro comportamiento de grado 11. Sin embargo, tenemos más cosas que aprender antes de ganarnos el grado de maestros.

¿Qué nos decían todos los maestros? Para entrar al reino de los cielos no debemos resistir el mal. ¿Saben a cuántas cosas podemos oponernos y con todo y eso lograr la iluminación? Ninguna. Todos los maestros han estado a favor del amor y de la luz. No están ansiosos ni temerosos, como los estudiantes de undécimo grado.

La compasión no es el final del camino. ¡Tener compasión no es lo mismo que estar despierto! La verdad es que la tierra es una escuela y está funcionando a la perfección. No tenemos que arreglar nada. Si una persona ha encarnado en la tierra, entonces, sin importar cuán compasiva e inteligente sea, no está iluminada. Esa persona está en un grado y ese grado no es un error: es perfecto para el individuo en ese momento. Todos los grados, con el tiempo, llevan a la graduación, y eso es lo que queremos, eso es iluminación.

La ley cósmica declara que para sanar debemos estar sanos, y para dar paz debemos estar en paz. Si hemos de dar alegría al mundo, debemos ser alegres; no podemos regalar lo que no poseemos. Los estudiantes de undécimo no se pueden permitir ser felices  cuando otros seres humanos están sufriendo.

Hay muchos individuos que han estado trabajando aquí por millones de años para pasar a undécimo y duodécimo grados. Los que usan la escuela terrestre como su principal sendero de crecimiento no suelen saltarse grados. Por lo tanto, cada entidad que nos encontramos en la encrucijada de la humanidad está avanzando de grado en grado, y a  los de undécimo les tenemos aún un grado más para poder llegar a casa, y que nada tiene que ver con el intelecto ni con la compasión ciega.

 

Grado duodécimo

Para el momento en que el estudiante llega al grado 12, ya casi ha completado su proceso de despertar. Es un genio porque ha recorrido toda la senda de la intelectualidad y, si bien ha sido divertido reconocer su inteligencia, ya sabe que ella no lo llevará al cielo. Después, pudo desarrollar su lado intuitivo y logró “equilibrarse”. Se suponía que eso lo iba a hacer sentir bien, pero ahora se pregunta por qué aún hay basura en su vida y por qué sigue viendo tanto error en el planeta. Ahora, está listo para dar el siguiente paso, que es descubrir cómo se gradúa alguien de la Escuela Tierra.

Se puede ver cuando los estudiantes de undécimo están preparados para la transición, pues están deseosos de rendirse. “He trabajado toda mi vida para parar la guerra y no lo he conseguido. ¡No más! ¡Me rindo!”. Rendirse es la única manera de llegar a alguna parte en este sistema. En el proceso mismo de rendirse, pasan al grado 12.

Como todos sabemos muy bien, en este planeta patriarcal, dominado por lo masculino, rendirse es equivalente a fracasar. Por eso, nos es tan difícil someternos a un poder y una sabiduría mayores que nosotros mismos para que guíen nuestra vida.

Aún no graduados, los de duodécimo se encuentran de vuelta en la tierra y se preguntan qué rayos hacen aquí. Ellos conforman el equipo de transición, que ha venido para facilitar el proceso de graduación en esta escuela. Son montones las personas que se declaran miembros del equipo de transición, pero, en realidad, la mayoría de ellos están intelectualizando y racionalizando su camino, o están tan embebidos en sus causas que les es imposible ser objetivos. La mayoría de quienes sí son miembros del equipo de transición no tienen la más mínima idea. Ellos sólo quieren ir a casa. En el proceso de encontrar su camino, llevarán a casa al resto del planeta.

¿Recuerdan ese momento en su fase de auto-empoderamiento en la que declaraban que estaban bien o que eran libres? Ustedes dedicaban mucha energía a sus asuntos de empoderamiento personal, pero esa misma energía les confirmaba que no habían logrado dominar tales asuntos. Cuando estamos bien, sencillamente, estamos en paz con nosotros mismos. Y para facilitar el proceso de graduación, debemos alcanzar ese grado de objetividad (de paz interior). Cuando realmente estamos en medio de una “experiencia de crecimiento”, quizá tengamos la teoría de la paz en nuestras cabezas, pero también tenemos una jaula a la que sacudimos ruidosamente y los graduados no pueden tener jaulas.

Los estudiantes de duodécimo están viviendo sus vidas de integración. Se remontan al inicio de sus experiencias de encarnación e integran los aspectos valiosos y benéficos de dichas experiencias en forma consciente. Esto no significa que se les exija recordar los detalles de las vidas en las que fueron el sacerdote o el monje o el mártir, o cuando caminaron en sandalias junto al Mediterráneo. Aunque ya han hecho todo eso, los detalles, por lo general, son irrelevantes. Lo que vuelve a ellos como herramienta útil en duodécimo grado es la conciencia que tuvieron y los sentimientos que absorbieron.

Estas vidas de integración tienden a ser muy confusas. Cada vida de integración es una mezcolanza de experiencias. A veces, volvemos a caer en lo intelectual; otras, retornamos a la telenovela. Con frecuencia volvemos, aunque brevemente, a hacer todos los pasos que ya habíamos hecho; los hábitos de millones de años son difíciles de romper. Por eso, tendremos algunos momentos de brillantez, en los que insistimos que sabemos todas las respuestas y que podemos arreglar a todo el mundo. Probablemente, no nos habíamos quitado de encima ese molesto hábito de querer reparar a todo el mundo de cuando cursábamos décimo. En ocasiones, el estudiante de duodécimo se irá a su casa y verá una telenovela; la diferencia es que ya no se dejará absorber. De aquí es de donde deriva la sentencia “No tendrás otros dioses delante de mí”. Si nuestro intelecto o nuestra telenovela es nuestro Dios (es decir, que domina nuestro pensamiento), entonces, nos encontramos en uno de los maravillosos callejones sin salida de la vida. Cuando los estudiantes llegan a duodécimo grado, ya tienen la suficiente conciencia para estar atentos cuando retroceden. Están comenzando a vivir conscientemente; creen menos y menos en el azar de la vida. Comienzan a ver un propósito en sus vidas, y a reconocer su propia divinidad. Ahora, recuerdan que con una afirmación pueden resolver más problemas que todos los estudiantes de décimo y undécimo combinados. Ahora, renuncian a las lecciones kármicas y empiezan a ser, sólo a ser, su propio Dios-Hombre-Ser.

Estos estudiantes aceptan que el intelecto es bueno porque la intuición no les sirve para cruzar la calle en un día de mucho tráfico. En cambio, su intelecto hace eso muy bien, por lo que sin él no podrían sobrevivir en la tierra. Pero, también, ven que el intelecto carece de creatividad. A diferencia de la intuición, el intelecto no puede llegar a lo desconocido y extraer respuestas que no existían. Así, al final, se dan cuenta de que las respuestas no residen en el intelecto ni en la compasión ciega. Si son como yo, probablemente habrán declarado alguna vez, con gran frustración, que no hay respuestas. Ahí es cuando el universo se pone de pie y aplaude, diciendo: “Veamos si podemos mantener confundida a esta persona por el próximo par de años, y luego sí la sacaremos de sus cabezas y de todo este caos”.

 

El conocimiento terrenal no basta

Si alguien piensa que sabe algo, entonces, se halla en un estado de rezago y el universo no tiene más remedio que esperar por él. Una declaración como ésta puede provocar reacciones porque las figuras de autoridad nos enseñaron que el valor propio proviene de la cantidad de conocimiento que poseemos. Con el tiempo, descubrimos que no es la cantidad de conocimiento que aprendemos el que nos produce satisfacción y emoción, sino la cantidad de conocimiento con el que nos conectamos.

La gente de la tierra siempre ha considerado el aprendizaje como una tarea lineal, orientada al intelecto. Pero hacer las cosas linealmente resulta extremadamente lento, comparado con hacerlas espacial o intuitivamente. Los individuos con dominio del cerebro izquierdo nunca han entendido, ni siquiera lo han investigado, de dónde sacaban Einstein y Mozart su material. El aprendizaje y el conocimiento no son términos negativos para el estudiante espiritual, pero queremos cambiar las técnicas de adquisición de aquellas que implican monotonía y lentitud a otras más expeditas y libres de estrés. Los maestros siempre han dicho que la forma de adquirir una comprensión total es saber que, en este momento, no poseemos ningún conocimiento, comparado con la cantidad que tendríamos si dejáramos de creer que sabemos algo. Lo primero que un gurú que valga la pena le dice a su discípulo es “¡siéntate y cállate!”. Aquietar la mente. “Aquiétate y sabe que Yo Soy Dios” (el “Yo Soy” se refiere al meditador, no a un viejo sentado en el cielo). Me viene a la mente una afirmación de Un curso de milagros: una mente sana no planea, sino que lleva a cabo los planes que recibe al escuchar una sabiduría que no es suya, y espera hasta que le ha sido enseñada.

Sólo un puñado de entidades en la tierra ha logrado comprender que todo lo que vemos y oímos y leemos y sentimos en este plano de realidad podría estar en armonía con un universo benevolente y amigable.

Para entender esto, debemos comprender las leyes cósmicas de la creación.