NO HAY TIEMPO PARA EL KARMA
Cómo abandonar la rueda del dolor y del esfuerzo
PAXTON ROBEY© Y LA COLABORACIÓN DE LONE JENSEN

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INTRODUCCIÓN

¡Bienvenido al planeta Tierra!

Hoy, mientras nos preparamos para pasar, en algún momento del siglo 21, de la era de Piscis a la de Acuario, vemos que la mente humana se ha volcado a la búsqueda de la paz, la armonía, la espiritualidad y las ilimitadas posibilidades de transformar todo lo que antes nos pareció misticismo o ciencia ficción en nuestra realidad personal más íntima.

¿Cómo es que estamos viviendo en un mundo donde las enseñanzas ocultas de las eras, los secretos de la maestría, de la ascensión y de los milagros se publican en libros que se convierten en éxitos de librería? ¿Por qué tenemos hoy la oportunidad de conocer y dominar los secretos eternos de la iluminación y la co-creación consciente del universo? Algo sucede con los habitantes de este planeta cada vez que alborea una nueva era de Acuario. Y lo que ocurre no es fortuito ni carece de propósito. En la era de Acuario, todo el mundo estará enterado de lo que esconden los profetas, yoguis y maestros. Algunos recibirán la información antes y querrán guiar a la tierra hacia su sanación, su limpieza y su renovación.

Todos los que estamos interesados en estos asuntos vinimos al planeta con un propósito: como emisarios del comité cósmico “Salvemos a la Tierra”, por decirlo de alguna manera. A cada uno le ha sido revelada su función y la profundidad y extensión de su misión (la obra que protagoniza, su alegre actividad), de acuerdo con un plan muy individualizado. Tal vez vayamos entendiendo a pedazos o, de pronto, con una percepción instantánea, como una experiencia cercana a la muerte u otro impacto vital. No obstante, indiferentemente de cuál sea nuestra contribución individual a la curación del planeta, para llegar a caminar sobre las aguas o trascender otras supuestas leyes naturales, debemos comprender algunos conceptos fundamentales de lo que es la realidad y cómo funciona. De eso trata este libro.

Cuando recién arribamos a este maravilloso, confuso, unas veces estimulante, otras, aterrador mundo, sabíamos que probablemente olvidaríamos quiénes éramos. Pero a medida que se nos recuerde quiénes somos y qué vinimos a hacer, recobraremos la memoria fácil y rápidamente. Pero, tranquilos, somos normales (al menos en un sentido cósmico) y capaces de ser los portadores de todos los regalos que hemos soñado para la humanidad. Su propósito es valiente y sus sueños de sanar y de potenciarnos nosotros mismos y a nuestro planeta se empiezan a realizar, aunque tengamos serias dudas al respecto. A Aquel que los ha enviado jamás le ha fallado un mensajero y tampoco lo harán ustedes. Por lo tanto, relájense y disfruten el viaje.☺

Comencemos por ponernos en contexto.

Sólo en los últimos años, nuestra sociedad ha mostrado señales de tolerancia a los puntos de vista metafísicos. (Meta, más allá, y física, es decir, un punto de vista de la vida que trasciende la perspectiva del mundo físico normal.) A principios del siglo pasado, mucho de lo que hoy vemos en programas como el de Oprah Winfrey y PBS se consideraba tabú. Saber de cosas como los viajes fuera del cuerpo, experiencias cercanas a la muerte, planos astrales, auras y la jerarquía podían provocar la pérdida del empleo o el aislamiento de ciertos segmentos de la sociedad y reacciones más severas aún (¿recuerdan los juicios de las brujas de Salem?). Sin embargo, es interesante anotar que a través de la historia han existido muchas sociedades secretas, que enseñaban los conocimientos de las antiguas “escuelas de misterios” a cualquier buscador aplicado, incluyendo a personajes como Nostradamus o Maese Eckhart.

Cada persona alcanza su sentido de propósito cósmico (eso que más nos gusta hacer) a través de una serie única de sucesos y experiencias. Ustedes han vivido tantos de esos sucesos y experiencias como yo. Y ustedes, como yo, probablemente se inclinan a descartarlos o racionalizarlos. Pero, al mirar hacia atrás, es evidente que cada percepción y cada despertar, por pequeño que fuera, se presentó en el momento justo para hacernos avanzar en la dirección que escogimos.

En esta introducción, quiero compartir mis propios momentos especiales, por varias razones. Una es que, si bien cada uno tiene una serie única de revelaciones, sutiles y explícitas, hay algo común a todo el proceso de despertar, que nos permite identificarnos con nuestro propósito como uno normal, en lugar de irreal. Cuando compartimos nuestras historias, aumenta nuestra sensación de seguridad y nuestra capacidad de aceptación incondicional del sendero del otro.

Un motivo más para compartir el aspecto personal de mi historia es ofrecerle al lector una base para la conexión y la verificación intuitivas de las “historias” contenidas en este libro. Puesto que estas historias les irán recordando, como me sucedió a mí, los “secretos” del universo, obviamente, se darán cuenta de que éstos van más allá de lo que es científicamente verificable del universo conocido, y de ahí la necesidad de una veracidad intuitiva. La ciencia afirma que no existen evidencias sólidas de que los ovnis existen y, no obstante, millones de personas sostienen haber tenido encuentros con ellos, visuales y de otros tipos. La física dice que el agua es líquida, pero Jesús nos demostró que era sólida, etcétera, etcétera.

Estas son apenas algunas de las “concientizaciones” que me han llevado a pensar (y quizás a todos) que no estamos aquí únicamente para cortar leña y acarrear agua.

No recuerdo bien qué edad tenía, 10 u 11 tal vez, cuando recibí un mensaje tranquilizador e inequívoco del “espíritu”, aclarándome algo que había ocurrido en la iglesia un par de horas atrás. Cuando repaso mi formación religiosa, me siento muy afortunado; la iglesia a la que asistía mi grupo familiar (abuelos, tías, tíos, primos, padres, hermanos) no se enfocaba en el diablo ni era motivada por la culpa. Generalmente, los sermones eran acerca de cuestiones morales, de hacer buenas obras y cosas así. Bastante inocuos, y eran pocas las culpas que había que superar. Pero este domingo en particular, la charla había estado a cargo de un ministro visitante, con un vozarrón que no le había oído a ningún otro predicador y que apuntaba todo el tiempo con su dedo. Nos habló de cosas que entonces me eran completamente ajenas: el fuego del infierno y el azufre y los castigos impuestos por un Dios iracundo. De vuelta a casa de la iglesia en DeSoto, mi madre trató de explicar, o racionalizar, lo que todos habíamos escuchado. Siendo ésta la primera indicación para mí de que Dios podía ser un enemigo, todas mis neuronas se lanzaron a analizar las posibilidades y probables cursos de acción disponibles en mi vida.

Al llegar a casa, decidí irme al patio solo, para evaluar estas nuevas y terribles implicaciones. Recuerdo exactamente dónde me encontraba cuando oí la voz dentro de mi cabeza: estaba pasando entre el viejo incinerador de ladrillo y la valla de tela metálica, a poco menos de 20 metros de la ventana de la cocina. “Eso no tiene que ver contigo. Nada que pudieras hacer haría que Dios se enojara contigo. Siempre harás las cosas bien”. La voz era suave, completamente distinta a la del predicador. No hacía énfasis, solamente enunciaba, pero esa voz sabía que Dios estaba de mi lado y, por lo tanto, yo también lo supe. Mientras me dirigía hacia la puerta de la cocina, supe que, mientras viviera, nunca tendría miedo de Dios ni de lo que sucediera después de la muerte. A pesar de lo poderoso del momento y su significado para mi trabajo de vida, no valía la pena mencionarlo. No fue sino hasta muchos años después, cuando descubrí que el propósito de mi vida no sería el de ser “exitoso” en el mundo corporativo, que comprendí el significado de ese momento y el de muchos otros. En 1968, año en que nació mi primogénito, comencé a sentir fascinación por los fenómenos psíquicos, no por razones espirituales sino, sencillamente, porque me intrigaban. Siempre estaba examinando los mundos de la clarividencia, de los desplazamientos extracorporales, la telepatía, la lectura del futuro o de las vidas pasadas, la sanación, la teletransportación, etc. Leía, observaba y hacía talleres con casi cualquier persona con poderes paranormales que pudiera encontrar. Afortunadamente, siempre tuve el tiempo suficiente para conversar largo y tendido con muchos psíquicos y parapsicólogos a través de los años.

Simultáneamente con la euforia de estar con personas que, por lo general, superaban los límites normalmente aceptables de la comunicación y los logros humanos, sentía una gran frustración. Eran ellos, no yo, los que tenían las experiencias de primera mano. Aunque las historias que me relataban, las curaciones que yo observaba y hasta las expresiones de sus rostros mientras “hacían contacto” eran impresionantes, mi experiencia siempre era de segunda mano. La diferencia entre los profetas y los predicadores es que sólo uno de ellos es poseedor de la experiencia y el conocimiento reales. Yo quería ser el profeta, no el portador de las noticias.

En 1973, tomé el Curso de Control Mental de Silva —40 horas de capacitación en funcionamiento psíquico— que me sirvió para descubrir que no sólo yo podía recordar cómo funcionar psíquicamente y con clarividencia, sino que todos podíamos. En palabras de un instructor del método Silva, “si al final del curso no te sientes como un psíquico de verdad, te devolvemos el dinero sin hacer preguntas”. Yo hice el curso siete veces (se puede repetir las veces que uno quiera por un costo nominal del puesto), y nunca oí que alguien quisiera su inversión de vuelta. Tampoco dudé de que, en adelante, pudiera funcionar psíquicamente.

Comencé a reunirme regularmente con mis “guías” de otras dimensiones o planos de la realidad, quienes me contaron cosas sobre el sistema terrestre y sus realidades paralelas. Me mostraron “películas” de sucesos relacionados con la Tierra y otros sistemas. Me mostraron otros tiempos, el pasado y el futuro; me presentaron el tiempo en el “no-tiempo” y en el “tiempo simultáneo”. Me mostraron universos creados en un instante por un pensamiento, la causa primera y la fuerza creativa causativa. Me mostraron que no había realidad objetiva, y que el Amor que está detrás de toda creación es incapaz de permitir daño alguno. Me mostraron que las revelaciones de la verdad que han tenido los profetas y los maestros a través de la historia son reales y válidas, y que las únicas revelaciones que tienen valor son las que cada uno de nosotros experimenta interna y personalmente. Y mucho, mucho más.

Vi cuál es el propósito de la era de Acuario en la Tierra, vi la reinstauración del Jardín del Edén cuando cada uno de nosotros le haga caso a su dicha. Vi que no era cuestión de que triunfaran las fuerzas del bien o del mal, puesto que todas las expresiones de dualidad, incluidos el bien y el mal, son ilusiones utilizadas por los maestros de la escuela terrestre para enseñarnos el estatus que nos corresponde como individualizaciones de Dios.

Pero después de haber visto más de lo que podía absorber y de haber sentido más amor y aceptación de los que podía asimilar, algo seguía mal: yo era aún el portador de las noticias. Con los ojos cerrados, pude ver y sentir y conocer el cuadro completo, pero continuaba conectado a este cuerpo (aunque me tranquilizaban siempre, asegurándome que no se trataba de un error). Yo podía obtener respuestas a preguntas imposibles de contestar, podía ver la perfección en la aparente injusticia de la vida en la tierra. Todo esto, con los ojos cerrados, pero cuando volvía al mundo real de trabajar para sobrevivir y de manejar mis relaciones, el cuadro global se esfumaba. Las necesidades terrenales, las discusiones y la injusticia nos hacen olvidar nuestra enorme misión cósmica en el planeta, y rápidamente nos rebajan a una perspectiva autocentrada y desprovista de poder.

Luego, algo asombroso ocurrió. Mi vida empezó a marchar. ¡Todo funcionaba para mí!

Empecé a trabajar con una gran aerolínea; yo era ingeniero y el “líder de flota” de los Boeing 707 (con ese dato pueden adivinar mi edad, ¿no es así?). Entre mis responsabilidades estaba el buen funcionamiento de la flota, y cualquier demora o cancelación de vuelos causada por problemas de mantenimiento o de ingeniería recaía sobre mí. Éste es un trabajo muy competitivo y estresante pero, de pronto, sin razón aparente, dejó de serlo. Literalmente, por un periodo de cinco meses, no tuve que trabajar. Toda funcionaba de maravilla y yo no estaba haciendo nada para ello. En esos cinco meses, la flota 707 no sólo fue la de mejor desempeño en la aerolínea, sino entre todas las aerolíneas del país. Yo llegaba a la oficina, tomaba café, charlaba con todo el mundo y me divertía; la presión había desaparecido. Las cosas no sólo marchaban bien en el trabajo sino en todos los aspectos de mi vida. Durante cinco meses, reinó la armonía en mi hogar, mi carro andaba al pelo, mi salud era envidiable: todo era paz, placer y el cielo adondequiera que fuera.

Además de que todo en mi vida estaba muy bien, gracias, la vida de los demás mejoraba cuando pasaban un rato conmigo. Con frecuencia, sucedía que si alguien estaba resfriado y hablaba conmigo unos minutos sobre cualquier cosa, se retiraba sin rastro de malestar. Mi secretaria advirtió el fenómeno y empezó a traerme gente, simplemente para que respiraran el mismo aire que yo. No entendía yo sus motivos, hasta que un día me explicó. Aquella mujer a la que había hecho sentar en la silla junto a mi escritorio hacía un par de semanas ahora se hallaba en remisión. Ni una huella del cáncer, dijeron los doctores.

Un mujer que conocí en un grupo de estudios espirituales comentó acerca de mi recién encontrado estado de paz. “Siempre estás tan tranquilo que supongo que debes meditar constantemente”. Sin pensarlo, le respondí: “No, yo no medito. Yo soy la meditación”. Así era como me sentía. Mi búsqueda espiritual había terminado. Había encontrado lo que todo el mundo andaba buscando; yo era la prueba viviente de que era posible alcanzar el estado de iluminación estando aún en un cuerpo. Ya no tenía más qué aprender. Estaba completo. Acabado. Fini. Entonces, la burbuja estalló.

Para mí, los sueños siempre han sido útiles y significativos, y ahora tenía este sueño complicado, vívido y con detalles intrincados. Para resumir, en él se me informaba que mi vida de los últimos cinco meses no había sido creada por mí, sino que fue creada por “ellos” para mí. Me dijeron que en esta vida podría ganar el entendimiento suficiente para manifestar ese tipo de experiencias por mi propia cuenta y sin ayuda. Simplemente, me habían proporcionado un objetivo. Y ahora, ellos se iban de vacaciones, eso dijeron, y dependería de mí aprender a tomar el control de mi vida si quería demostrar el “estado natural y universal del ser” (fuera la presión, todo paz, dicha y armonía) a quienes viven en este estado anormal del ser de la escuela terrestre (ansiedad, duda, culpa, indefensión). No solamente había tenido la oportunidad de experimentar este despertar aún caminando sobre el planeta, sino que tal vez podría ser tan buen alumno que pudiera facilitarles a otros pocos su propio despertar. En verdad, según me han informado, hay muchas decenas de miles de emisarios cósmicos en el planeta, quienes probablemente alcanzarán ese mismo estado “despresurizado” en los próximos años. Nosotros le enseñamos al planeta a retirar la presión aprendiendo a quitárnosla nosotros mismos. Le enseñamos al planeta a estar en paz aprendiendo el significado de la paz interior. Curamos al planeta sanándonos a nosotros mismos. Ellos me dicen que no se puede luchar por la paz: eso es una contradicción. Como verán, pasé del cielo al infierno y el punto de corte fue ese sueño. De ahí en adelante, todo empezó a venirse abajo sin consideración. Pero, ¡qué educación la que recibí! Cada uno de los problemas surgidos con el control, me era revelado; cada resistencia, cada apego. Cada vez que le entregaba mi poder a otra persona para que me hiciera feliz o para que me deprimiera, me lo hacían ver. Cada bloqueo que hubiera experimentado para aceptar amor, paz y felicidad me fue restregado en la cara.

Convertirse en maestro es un viaje autodirigido. La ascensión es subir por unas escaleras construidas por nosotros mismos. No existe la expiación delegada, sólo la decisión de recobrar nuestra posición en el reino. Debe haber la voluntad de retornar al estado natural del ser en el universo y abandonar este juego antinatural de la separación, la lucha, la superioridad y la defensa de nuestras posiciones.

Los maestros siempre han sabido que ellos no pueden hacerlo por nosotros, y que solo pueden ser ejemplo para los demás. Ahora es nuestro turno. Estamos aquí para hacer que la vida funcione para nosotros mismos y, puesto que estamos conectados telepáticamente a toda vida en la tierra, para todos los que elijan por su propia voluntad seguir nuestros ejemplos.

Nuestra labor consiste en recordar hasta el mínimo pensamiento cósmico oculto en algún rincón de nuestras mentes subconscientes. Nuestro trabajo consiste en ser felices.

Con qué autoridad…

Hace poco, después de haber dictado un taller, una mujer me preguntó: ¿Qué es Dios? Se hacía tarde y todos se preparaban para volver a sus casas, por lo cual le respondí: “En realidad, no lo sé”.

Más tarde, mientras evaluaba la reunión de buscadores, sentí que no le había hecho un favor a esta mujer. Si bien es cierto que entender completamente a Dios o la realidad tridimensional, ni qué decir de las de la cuarta y la quinta dimensión, está fuera de mi alcance, podía haberle dado una respuesta que le fuera útil a ella en este punto de su peregrinaje.

Los líderes religiosos y filosóficos nos han dicho lo que Dios es, pero quizás en este momento sea más importante para nosotros estar conscientes de lo que Dios no es. A muchos se nos dificulta relacionarnos con un Dios que es un “padre”, más aún si no tuvimos uno particularmente amoroso o solidario. Puede ser difícil conectarse con un Dios que nos juzga por nuestros actos y pensamientos. Y aun si Dios fuese un Dios de perdón, no nos sentiríamos merecedores de ese perdón.

La Biblia dice que Dios hizo al hombre a su imagen. Muchos le han dado vuelta al concepto y creen que Dios está hecho a la imagen del hombre o que, por lo menos, tiene características de la gente que conocemos. Dios no está perdido. Dios no se esfuerza. Dios no tiene un ego que se enoja cuando las cosas no le salen como quería. Dios no se enfada con la gente. Dios no se impacienta. Dios no es hombre ni es mujer, ni siquiera andrógino. Dios es principio, significado que no está influido por personalidades ni egos. Dios es el principio de amor, creatividad y compasión inmutables, la fuente de todo lo que es. Puesto que es principio, no puede ser ofendido y no puede negarle la dicha ilimitada a todo lo que creó, incluidos nosotros.

Para tratar de describir a Dios debemos depender de conceptos, hasta de clichés, que no comprendemos cabalmente. A nosotros nos enseñaron que con la educación y la investigación suficientes podríamos explicar cualquier cosa, pero eso no se cumple en lo que respecta a Dios. Los clichés tienen su parte de verdad: Dios es amor, es todo, es omnipotente, omnisciente y omnipresente. Pero la comprensión de estas frases y el consiguiente disfrute de “la paz que supera todo entendimiento” es algo que muy pocos han conseguido. Una cosa que Dios es, es Amor incondicional. Incondicional puede ser una palabra que excede nuestra comprensión. No hay nada que un humano pueda hacer para ser arrojado lejos del abrazo de Dios. Ninguna culpa que hayamos sentido es justificable. Ninguna depresión ha estado basada en una apreciación verdadera (cósmica) de nuestra situación. A medida que comencemos a entender estas afirmaciones, nos daremos cuenta de que nos hemos sanado a nosotros mismos y al planeta, y habremos liberado a nuestras familias. Qué bueno, ¿no?

Usted y yo hemos vivido con un conocimiento subyacente no tan racional, según el cual deberíamos seguir creyendo que puede haber algún valor en seguir persiguiendo metas enormes que tal vez sean imposibles de alcanzar. Estos objetivos se relacionaban con la paz en la tierra, un planeta verde y limpio, y la manifestación exterior de nuestro mundano conocimiento espiritual. Algunos tal vez hasta nos hemos imaginado como un Luke Skywalker o una Princesa Lea, con algún tipo de misión extraterrestre, como los miembros de un “equipo para la transición planetaria”.

Usted debe saber, claro está, que no existe historia registrada ni lógica planetaria alguna que permita afirmar que estas metas y fantasías se harán realidad en este planeta jamás. No existen antecedentes históricos de que la humanidad haya vivido en paz como una sola tribu. Nada sostiene la posibilidad de dar marcha atrás en el creciente descuido por la raza humana, por la vida vegetal y animal, por la vida de Gaia. No existe documentación científica que respalde la noción de que cualquier ser humano podría ser más que simplemente humano y demostrar dominio en lugar de sometimiento a este plano de realidad tridimensional. Pero pese a la “evidencia” de lo contrario, yo ya tuve, y la compartiré con ustedes, una visión del futuro que confirma que nuestras sutiles añoranzas internas no están fuera de base. De hecho, estas inclinaciones altruistas suprimidas y visiones de grandeza están a punto de explotar en un movimiento más poderoso que cualquier revolución política, militar o industrial de la historia.

Estamos entrando en la era de Acuario, que sólo aparece en el calendario astrológico cada veintiséis mil años. No hay registros históricos de esa época, pero contamos con la mitología, las leyendas y las tradiciones verbales que hablan de los primeros tiempos. Tales leyendas narran el diluvio y el hundimiento de la Atlántida, hablan del Jardín del Edén y de los tiempos en que los dioses y diosas caminaban por el planeta, en una era anterior a que el ser humano conociera el significado del bien y del mal.

En este libro, quiero compartir con ustedes por qué sé que sus razones para estar en la tierra son mucho más grandes que cualquier cosa que se hayan permitido creer o siquiera fantasear. Quiero compartir con ustedes cómo sé que, en un lapso de 40 años, partes de nuestro planeta estarán completamente libres de contaminación. En mucho menos de 40 años, no habrá en las casas cerraduras ni puertas. En algunos lugares, la gente no sentirá la necesidad de levantar muros para defenderse de su hermano. La gente va a confiar en los extraños tanto como hoy confiamos en nuestros más íntimos amigos. En realidad, estamos creando un hogar del tipo “una familia por planeta”.

El proceso ya se ha iniciado. Lento, pero ya está en marcha.